Después de un ACV: recuperar movimiento es solo el comienzo

Un accidente cerebrovascular (ACV) puede ocurrir en pocos minutos, pero sus consecuencias pueden modificar profundamente la vida cotidiana. El 29 de octubre, Día Mundial del ACV, nos recuerda la importancia de reconocer sus signos y actuar con rapidez. Sin embargo, después de la urgencia médica comienza otra etapa igualmente decisiva: recuperar la posibilidad de hacer, decidir y participar.

En Chile, las enfermedades cerebrovasculares continúan entre las principales causas de muerte. Durante 2025 se registraron 4.174 defunciones en hombres y 4.129 en mujeres, ubicándose como la segunda causa específica de mortalidad en ambos grupos, según datos del Ministerio de Salud. A escala mundial, la Organización Mundial de la Salud estima que una de cada cuatro personas adultas podría experimentar un ACV a lo largo de su vida.

Estas cifras hablan de mortalidad, pero también de las personas que sobreviven y deben reorganizar su vida después del evento. Allí la rehabilitación adquiere un papel fundamental. La OMS señala que debe comenzar tan pronto como la persona se encuentre médicamente estable, idealmente durante los primeros días. Comenzar precozmente no significa exigir movimientos de manera apresurada, sino evaluar oportunamente, prevenir complicaciones y favorecer desde el inicio una recuperación orientada en estimulación precoz graduada orientándola hacia la funcionalidad.

Desde Terapia Ocupacional, recuperar movimiento nunca es un fin aislado. Poder mover un segmento corporal o aumentar coordinación global, adquiere verdadero sentido cuando esa destreza o habilidad, permite vestirse, alimentarse, preparar una comida, utilizar el teléfono, desplazarse por el hogar, volver al trabajo o retomar una actividad significativa. Recuperar movimiento importa; volver a ocupar un lugar activo en la propia vida importa todavía más.

Después de un ACV pueden presentarse alteraciones motoras, cognitivas, perceptivas, comunicativas y emocionales. Sus efectos no son iguales para todas las personas. Alguien puede volver a caminar y, aun así, sentir inseguridad para salir solo. Puede recuperar movilidad de una mano, pero no utilizarla espontáneamente al cocinar. Puede ser independiente para vestirse y alimentarse, pero encontrar dificultades al organizar una rutina, administrar dinero o retomar responsabilidades laborales.

Esta distancia entre “poder hacer” y “volver a hacer” es uno de los grandes desafíos de la neurorrehabilitación.
La evidencia reciente respalda intervenciones centradas precisamente en esta funcionalidad. Un metaanálisis publicado en 2026, que reunió 22 ensayos clínicos y 2.833 personas después de un ACV, encontró que las intervenciones de Terapia Ocupacional produjeron mejoras significativas tanto en la función de la extremidad superior como en las actividades de la vida diaria (Bai et al., 2026). La evidencia nos recuerda que la rehabilitación necesita objetivos concretos, práctica significativa y continuidad.

La ocupación permite transformar una capacidad recuperada en autonomía. Para una persona puede significar preparar nuevamente su desayuno; para otra, cuidar a un familiar, escribir, utilizar transporte público o regresar a su trabajo. Por ello, una intervención requiere conocer qué actividades son importantes para esa persona, cuáles ha dejado de realizar y qué barreras están interfiriendo en su desempeño.

La independencia tampoco significa necesariamente hacerlo todo sin ayuda. Significa conservar capacidad de decisión, participar activamente en las propias rutinas y recibir apoyo sin sustituir aquello que la persona todavía puede hacer o puede volver a aprender. Adaptar el entorno, graduar una tarea, utilizar una ayuda técnica o entrenar una actividad en su contexto real también forman parte de la rehabilitación.

Como terapeuta ocupacional y docente, considero fundamental que esta mirada esté presente desde el inicio del proceso. La recuperación neurológica necesita conocimiento clínico y evidencia, pero también comprender quién es la persona, qué roles ocupa y qué espera recuperar de su vida. La meta no es entrenar funciones aisladas, sino devolverles un propósito cotidiano.

Después de un ACV, recuperar movimiento puede ser un gran logro. Pero es solo el comienzo. La verdadera rehabilitación ocurre cuando ese movimiento vuelve a convertirse en ocupación, autonomía e independencia; cuando permite volver a elegir, hacer y participar en aquello que da sentido a la vida cotidiana.

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