Sin embargo, en esa paradoja aparentemente graciosa encuentro una reflexión más profunda, especialmente vinculada con la salud mental y, en particular, con la depresión.
La tasa de suicidios en hombres es significativamente superior a la femenina. Detrás de ello hay una exigencia social, incluso podríamos decir que programada, que empuja a muchos hombres a sentirse obligados a “estar bien” siempre. Como si el bienestar permanente fuera un requisito indispensable para cumplir con el mandato de ser hombre.
Sentirse frágil emocionalmente y, aun así, forzarse a aparentar fortaleza, es una muestra de esa contradicción. En ese sentido, la frase de Caszely adquiere un nuevo significado: ¿cómo estar de acuerdo con la idea de que debemos resistir la pena, la frustración o el malestar como si soportarlos en silencio fuera una forma de virtud? Ese estoicismo mal entendido, más que ayudarnos, puede profundizar el sufrimiento.
Frases como “está bien estar mal” resumen con claridad el propósito de este mes: visibilizar una realidad que con frecuencia se oculta y que exige urgencia. No obstante, también sería sesgado reducir esta problemática solo a los hombres. Las cifras de suicidio en general son alarmantes y superan ampliamente las de homicidio, según datos objetivos respaldados por cifras oficiales del Ministerio de Salud de Chile. Esto evidencia la necesidad de políticas públicas y esfuerzos concretos, tanto del Estado como de la sociedad civil, para enfrentar una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo.
En la era de la hiperconectividad y del acceso permanente a la información, vivimos una paradoja dolorosa: nunca hemos estado tan comunicados y, al mismo tiempo, tanta gente se siente sola. La depresión se instala como una pandemia silenciosa; los días aciagos se vuelven cotidianos para millones de personas en el mundo.
En este contexto, la idea de aceptar al otro como un legítimo otro, como plantea el profesor Humberto Maturana, resulta esencial para convivir en sociedad. Se trata de erradicar la desconfianza permanente, de dejar de pensar que el otro es una amenaza y de cuestionar ese mandato de que debemos resistirlo todo, venir siempre desde una supuesta fortaleza y sonreír incluso cuando por dentro nos estamos desmoronando. Ese positivismo vulgar y vacío, amplificado por las redes sociales y por la sobreexposición de lo íntimo, nos ha ido dejando vacíos.
Y cuando queremos volver a nosotros mismos, muchas veces no encontramos nada: no hay suelo emocional, no hay red, no hay contrapeso para permitirnos, legítimamente, estar mal.
Tenemos una deuda pendiente en la construcción de la masculinidad, o mejor dicho, en la superación de ese mal llamado “ser hombre”. Debemos aprender a llorar cuando lo necesitemos, a emocionarnos sin vergüenza, a mostrar afecto sin miedo. Y, sobre todo, cuando la muerte aparezca como una alternativa, debemos ser capaces de contenernos mutuamente y decir con honestidad: estamos juntos. A veces, un simple “¿cómo estás?” puede cambiar una decisión sin retorno.
Estemos, entonces, en desacuerdo con lo que pensamos cuando nos exija negar el dolor. Permitámonos estar mal, sentirnos mal y pedir ayuda. Porque sí: está bien estar mal.



