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La liberación del color: El acto de amor de “Nano” Vallejos por la memoria de La Unión

Sucedió hace solo unas semanas, cuando Hernán “Nano” Vallejos, el dependiente de la Ferretería La Unión, se detuvo frente a la exposición Los Retratos del Estudio Real. Con la calma de un custodio, sentenció: “A la gente le va a pasar que quizá no se encuentre, aunque se haya sacado una foto. Y eso es porque les falta todo el color”.

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Con esa revelación, Nano no solo anunciaba la existencia de una colección que aún no veía la luz; estaba devolviendo a la comunidad la pieza que faltaba para completar su mapa genealógico.

Tras un acuerdo de autonomía con Gonzalo “Chalo” Carrasco —donde Nano le compraba sus propios negativos a color para trabajar de forma independiente en el estudio o en terreno, aparte de su trabajo en blanco y negro—, el fotógrafo guardó para sí el registro de 31 años de vida unionina. Hoy, esa colección de 35mm ha sido donada al Archivo de La Unión, sumando entre 140.000 y 210.000 nuevas imágenes que vienen a cambiar para siempre la forma en que el pueblo se mira a sí mismo.

El valor de la imagen

Esta colección recuerda, junto a todas las otras, que hubo un tiempo donde la fotografía era un rito de permanencia. A diferencia de hoy, la fotografía no era producto de un acto reflejo inconsciente, un disparo autómata que hacemos para después ni ver las imágenes; por el contrario, era el resultado de un ritual o ceremonia: la foto revelada se guardaba como objeto de culto para ser visto, tocado y heredado; para volver a las personas, a los lugares, a los acontecimientos, a la mirada contemplativa -porque mirar una foto no es más que mirarse a sí mismo-. En un presente que padece del vacío de referencias, lugares y significados, donde la memoria se diluye entre las exigencias de un cotidiano cada vez más veloz y urgente, encontrarse en una foto antigua es ejercer el derecho a pertenecer, ya sea a un lugar, a una casa, o a una familia: al abrigo emocional.

Este rescate es una respuesta a la fragilidad de la memoria privada. Muchas familias unioninas han visto cómo sus propios registros se perdieron en incendios, mudanzas o en esos arrebatos familiares que terminan con fotos rajadas para borrar a alguien de la historia, o para llevárselo a otra ciudad sin los demás que allí aparecen. Lo que el Archivo ofrece no es solo un papel impreso, sino la restitución de un vínculo. Como escribió un niño de diez años en un muro de la exposición: “El pasado se olvida, más el futuro brilla como una esperanza de cambio… es para decir ‘mi abuelo soñó con esto'”. Alejandro Báez, 12 años.

El azar y el rigor del oficio

La historia detrás de estos negativos es también la historia de un encuentro fortuito. Tras el terremoto de 1960, la emergencia habitacional apuró la entrega de la población CORVI en La Unión. Allí, por el puro azar del desastre, terminaron siendo vecinos Luis Glasinovic —que oficiaba de fotógrafo del Estudio Real— y un adolescente Nano Vallejos. Esa cercanía permitió que este joven de 14 años, que necesitaba ayudar a sus diez hermanos, entrara al mundo “mágico” del cuarto oscuro para no salir jamás: “Porque el hacer fotos es bonito, estar en el cuarto oscuro es bonito, es lindísimo, ver cómo aparecen las imágenes, eso me absorbió”, relata el fotógrafo.

La colección donada es un monumento al orden. A diferencia de los primeros años del estudio, aquí todo está inmaculadamente anotado: el día, mes y año de cada fotografía, el contenido, quién la encargó y quiénes aparecen en ella. Este orden permite montar una exposición donde las personas pueden buscarse y buscar a otros a través de apellidos en un índice digital. Al día de hoy, hay más de 85.000 fotografías disponibles con sus más de 43.000 inscripciones de cuaderno asociadas. Esta colección donada por Nano, que comienza en 1975, llega justo en el momento en que el avance de digitalización y transcripción de cuadernos del Estudio completo alcanza el año 1972. Una coincidencia histórica.

El joven Nano Vallejos, que entró con 14 años a trabajar al Estudio y se hizo cargo de él a los 16, en 1966, no solo produjo más de 300.000 fotografías en blanco y negro entre 1966 y 2005, sino que también conformó un archivo anexo a color inmenso, que lo posiciona como el fotógrafo más prolífico conocido en la Región.

Sin embargo, el rescate enfrenta un desafío técnico: la primera caja con sobres de papel, que estaba guardada cerca del suelo, fue afectada por la humedad, lo que provocó que la emulsión de los negativos se pegara a los sobres. Rescatar esos rostros requerirá un trabajo quirúrgico para evitar que se pierdan para siempre. Lo que contienen estos negativos es una responsabilidad mayor para el Archivo: son piezas únicas. Perder una es perder la imagen para siempre, porque no existe otra igual en el mundo.

Del blanco y negro al color

Hasta hoy, el índice digital del Archivo ha mostrado un pueblo casi puramente en blanco y negro: una estética taxativa que define los rostros con la severidad del contraste. El paso al color que ahora se integra es un salto sensorial. El color en la fotografía analógica es romántico, pastoso; no solo muestra el rostro o el paisaje, sino que activa la memoria cromática de las personas: el tono exacto de un vestido de fiesta en 1975 o el paisaje de colores que cuidadosamente se diseñaban para los principales paseos públicos. La magia de esta técnica es que puede transmitir, incluso, el calor que había en la escena.

Un fenómeno de apropiación ciudadana

Lo que está ocurriendo en La Unión no es una simple exposición; es un ejercicio de soberanía histórica. En solo 54 días, más de 9.000 personas visitaron la muestra. Cuando el financiamiento se vio amenazado, la comunidad recolectó más de 3.200 firmas y envió cartas para proteger el espacio. Hoy el principal objetivo es crear un espacio permanente, y claro está, integrar la donación de Nano a este repositorio.

Los visitantes están humanizando y relatando las fotos, dejando testimonios en audio que representan la restitución del derecho a pertenecer, a recordar, y a contar. A la fecha, se ha constituido una colección de más de 7.400 testimonios de audio, que juntos suman más de 124 horas de relatos, es decir, más de cinco días de testimonios ininterrumpidos.

Las historias que emergen son, incluso para el Archivo, inesperadas. Amanda, al encontrar una fotografía, se estremece al descubrir una verdad familiar: “Esa foto es de mi papá… me acabo de enterar que él era bombero y el más joven de Chile”. Otros encuentran el cierre a búsquedas de toda una vida, como Lilian, quien al ver el retrato de su padre confiesa: “Me siento súper emocionada de haber encontrado esta foto porque la verdad es que nunca pensé que lo iba a encontrar”.

Hay retratos que le otorgan un rostro real a historias increíbles. Boris, mirando la imagen de su abuelo, reconstruye un naufragio ocurrido hace décadas: “Es la primera vez que veo una foto de él ya que no teníamos fotografías. Él era comerciante marino y navegaba por el mar haciendo trueques, pero no hice una vida con él, ya que naufragó en el mar a los 5 o 4 años de que se casó con mi abuela,”.

Esta respuesta ha convertido a La Unión en un modelo de rescate y apropiación a nivel nacional, tomando la oportunidad única de este verdadero Registro Civil de la memoria para lograr resguardar los testimonios de todo un pueblo.

Una herencia invaluable

Al entregar las cajas, Nano Vallejos explica la relación que mantenía con estos negativos: “Yo siempre tuve la intención de hacer algo con ellos… pero no me da el tiempo”. Sin embargo, encontró en el Archivo la posibilidad de dar continuidad a su trabajo: “Rescatar los rostros, si eso es lo que interesa, porque la historia es historia”.

Se percibe que ni siquiera el propio Nano dimensiona del todo la magnitud de lo que hizo en su vida y lo que le está legando a su pueblo. Al final, pronunció una frase que resume el peso de su custodia: “Ya, pero me liberé”. Con ese gesto, miles de personas, de La Unión o de fuera, están a punto de recuperar su historia en color y el derecho inalienable de saber que forman parte de una historia compartida que nadie podrá borrar.

Ante la humildad de la persona que hizo toda una vida ante el visor de la cámara y la mirada de decenas de miles de rostros y paisajes de esta Región, el Archivo de La Unión, en nombre de todos quienes pasaron por su objetivo, y de todo el futuro que devolverá la mirada a lo que él capturó, le rinde un homenaje en agradecimiento, por su labor, por su orden acucioso, por la generosidad y ese acto que por un lado es desprenderse físicamente del fruto de sus más de 40 años de trabajo, pero también por darnos la oportunidad de hacer memoria.

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