Crónica de un marzo anunciado

Al menos 6 millones de chilenos han manifestado su descontento en los últimos 100 días, cuestionando toda la estructura, sus actores y por sobre todo el paradigma que nos gobierna.

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Por Jorge Oyarce Kruger
Columnista noticiaslosrios.cl

En Chile nadie escucha, nadie cree, se subestima a los dirigentes de toda índole y se les califica como: millenials nini, zurdos antisistémicos y un sin fin de caricaturas que han nacido de una profunda desconexión con la realidad de quienes las emiten. Ni los pingüinos títeres, ni los nini y los antisistémicos son tales; cada uno de ellos a demostrado hasta ahora una profunda vocación combativa y obrera, con la que ejerce su derecho a hacer saber su disconformidad, su rabia y su convicción con la necesidad de un cambio.

Con mayor o menor augurio muchos esperamos no tener que presenciar una explosión del descontento social que termine destruyendo valores patrimoniales de tranquilidad, estabilidad y pacificidad que hasta ahora nos han caracterizado como país y sociedad.

Pues si, hasta ahora no hemos colgado a ningún político, ni quemado diputados, no se ha atacado el nido de la elite ni sus nichos de intimidad. La plaza dignidad, hasta ahora, es el buffer que ha contenido el descontrol de esta revolución incipiente.

Sin embargo, el análisis de este proceso es complejo, la escalada de violencia, descontento y rabia es evidente. El verano acaba y marzo está a horas.

Y se viene marzo porque nada ha cambiado, se ha jugado con las expectativas de las personas, se ha penalizado y criminalizado un movimiento social pacífico y, de nuevo, nada, NADA, ha cambiado.

Ya llega el primero de marzo, llegarán los estudiantes a sus escuelas, universidades e institutos; llegarán gastos importantes, llegará el pago de impuestos, llegará el otoño, llegarán las aguas negras a la coronilla de una sociedad que ya está hasta el cuello de injusticias, de poca empatía, de condiciones indignas para mujeres y hombres que ya no somos los de antes.

En definitiva, parece inevitable que esto escale, que sigamos perdiendo ojos, vidas, tranquilidad y negocios; que perdamos porque esto no es gratis, esos 6 millones lo saben, para ganar hay que perder. Y depende de quienes nos gobiernan que lo que sigamos perdiendo no sea irreparable.

Al igual que Francia y sus ciudades, en nuestras capitales las grandes vitrinas siguen tapiadas, las protestas persisten, las soluciones no llegan y la rabia acumulada incuba un odio que es aún más dañino que un ladrillo o una lacrimógena, aun cuando estas últimas hayan cobrado víctimas acá y en la tierra de la monarquía acéfala.

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