Anatomía y disección de la envidia: un veneno silencioso

Que una persona quiera tener el auto deportivo del jefe, la figura esbelta de la compañera de trabajo o la casa que tiene el amigo en la playa, eso no es un pecado.

Sin embargo, si esa persona se regocija porque le chocaron el auto al jefe –ya que éste “no merecía tener ese auto”–, si se alegra porque a la “flaca la dejó el pololo” y, si además, le da lo mismo que al amigo se le haya quemado la casa –porque “para eso tiene plata”–, entonces desde ese mismo instante estamos frente a un grave problema: la envida “se ha convertido en una obsesión de carácter nocivo”.

Pese a que es mal visto sentir ganas desmedidas por tener las cosas de los demás, no es algo que sea intrínsecamente malo, ya que es propio e innato de la naturaleza humana. El problema surge cuando la envidia invade y afecta la calidad de vida del sujeto envidioso, cuando destruye su capacidad de disfrutar la vida así como de aquello que se tiene, entonces, esta emoción se ha transformado en algo patológico.

Los expertos señalan que desde el punto de vista psicológico y evolutivo, la envidia representa una reacción emocional básica que aparece ante las comparaciones que un individuo hace con los demás. En su origen, este “impulso biológico” puede funcionar como un mecanismo de señalización que podría estar mostrando las carencias, los deseos no resueltos o aquellas metas que la persona valora, pero que siente muy lejanas.

De acuerdo con las investigaciones realizadas, las personas “aprenden a ser envidiosas de acuerdo con lo que observa y vive en su entorno y ambiente cercano”, tal como es el caso de aquello que el sujeto experimenta y escucha en su familia, o bien, en aquellos círculos sociales donde predominan la comparación, las quejas constantes y la falta de empatía hacia los demás.

A lo anterior se suman los factores personales y emocionales de un determinado individuo, es decir, la conducta envidiosa fija sus raíces en una baja autoestima de la persona, en heridas emocionales sufridas en la infancia –como cuando, por ejemplo, los padres favorecían a un hijo por sobre otro–, inseguridades profundas, así como la incapacidad del sujeto de valorar el propio esfuerzo frente al éxito ajeno.

La envidia también se asocia con una baja valoración de sí mismo, condición que le impide al sujeto tomar la iniciativa o hacer algo con la finalidad de alcanzar las metas anheladas. Complementariamente, hay que destacar que esta emoción es difícil de aceptar y nadie quiere reconocerla abiertamente, porque significaría mostrar fallas personales y hacer público que hay algo que el sujeto desea, pero que no tiene cómo acceder a ello.

A esto se suma la dificultad que presenta el envidioso de no tolerar lo que posee el otro y al no poseerlas, el sujeto experimenta esta situación como un fracaso personal, sintiéndose inepto y en desventaja. Y en el caso de que esta emoción se torne permanente y el sujeto atribuya esta condición a las injusticias del destino, esto se puede transformar en un resentimiento puro hacia los demás, donde la única manera de que este sentimiento desaparezca, es cuando el otro sujeto –o el objeto de la envidia– sufre un daño o un perjuicio. Es por ello, que la gente que cae presa del resentimiento tiende a agredir al resto y, de alguna manera, busca que los demás sufran.

En este sentido, la envidia –como emoción– puede convertirse en un rasgo de carácter, ya que si bien, el hecho de sentir esa pequeña “punzada en el estómago” es algo comprensiblemente humano, pasar a convertir la envidia en una suerte de estilo de vida, donde el objetivo es opacar, criticar o desear el mal ajeno, entonces esta emoción se ha transformado en un rasgo aprendido y que está siendo expresamente cultivado por la persona en cuestión.

Señalemos, finalmente, que la transformación de la envidia en algo negativo se ve favorecida, asimismo, por el tipo de “cultura en la que vivimos”, la que valora mucho más “lo que se tiene”, ya sea de carácter físico o material, privilegiando “el tener más que el ser”.

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