Chile no está ajeno a esta realidad. Nuestro país también presenta un sobregiro en el uso de sus bienes comunes, especialmente en recursos hídricos, ecosistemas forestales, bancos de peces y territorios sometidos a una intensa presión extractiva. Durante siglos se ha privilegiado un modelo económico basado en la explotación acelerada de materias primas, generando crecimiento, pero también importantes costos ambientales.
La discusión ya no puede centrarse únicamente en cuánto producimos, sino también en cómo producimos y para qué. Las futuras generaciones enfrentarán escenarios más que complejos si mantenemos las actuales tendencias de consumo. Sus posibilidades de bienestar dependerán de nuestra capacidad para reducir la presión sobre los ecosistemas y construir economías más resilientes. No es una opción ideológica, sino una necesidad práctica para asegurar condiciones mínimas de supervivencia en las próximas décadas.
En este contexto, el desarrollo tecnológico adquiere una relevancia estratégica. La innovación aplicada a la eficiencia energética, la movilidad sustentable, la economía circular y la gestión inteligente de recursos ofrece oportunidades concretas para disminuir nuestra huella ecológica. Las energías limpias, particularmente la solar, eólica y el hidrógeno verde, aparecen como herramientas fundamentales para abandonar progresivamente la dependencia de los combustibles fósiles.
Sin embargo, la tecnología por sí sola no resolverá la crisis. También se requiere un profundo cambio en el modelo económico dominante, incorporando criterios ambientales y sociales en la toma de decisiones. El crecimiento ilimitado en un planeta finito es una contradicción que la evidencia científica viene señalando desde hace décadas. La transición hacia una economía regenerativa, que valore la restauración de ecosistemas y el bienestar colectivo, será una condición indispensable para enfrentar los desafíos del siglo XXI.
En este escenario global, China parece posicionarse como uno de los actores que liderarán esta transformación. Más allá de las legítimas críticas que pueda recibir, el gigante asiático ha realizado inversiones masivas en energías renovables, electromovilidad y tecnologías verdes. Su capacidad industrial y tecnológica podría acelerar cambios que el mundo necesita con urgencia. La pregunta sincera es ¿seremos capaces de hacerlo a tiempo



