Enojados con la sociedad… y con el mundo

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Por Dr. Franco Lotito C.
Conferencista, escritor e investigador (PUC)

En los últimos años, nuestro planeta se ha convertido en un lugar con muy mal carácter, donde las respuestas agresivas y violentas ante el menor problema, disgusto o molestia están a la orden del día: los conductores en calles y carreteras ya no discuten ni se insultan, sino que se agreden y se atacan mutuamente con sus respectivos vehículos –autos, buses, camiones– sin medir las consecuencias; los clientes se enojan con los vendedores de las tiendas; los maridos se sulfuran con sus esposas; los empleados se indignan y se molestan con el jefe; los pacientes y sus familiares atacan y golpean al personal médico en hospitales y clínicas; los estudiantes agreden a sus profesores y compañeros de curso, etc.

En rigor, observamos, con estupor y desconcierto, que en las personas desaparece –como si nunca hubiera existido– todo atisbo de cortesía y en su lugar afloran los instintos más bajos, salvajes y primitivos.

El ritmo acelerado de la vida moderna, el estrés acumulado debido a problemas laborales, económicos y de pareja, los efectos agobiantes de una delincuencia que atemoriza a la población con actos cada vez más violentos, los diversos problemas que afectan a la salud y la calidad de vida de las personas, etc., tienen mucha relación con las actitudes agresivas y las explosiones de ira que vive nuestra sociedad.

Es más. Los investigadores John Hagan de la Universidad Northwestern y Holly Foster de la Universidad Carnegie-Mellon plantean la hipótesis que las consecuencias de la exposición diaria a la violencia –especialmente con los adolescentes en sus familias de origen¬– aumentan los riesgos en salud que vive hoy la sociedad y que conducen a problemas conductuales y de salud mental en los jóvenes, tales como severos trastornos del ánimo, pensamientos suicidas, rebeldía, conductas anti sociales.

Un análisis minucioso de los datos entregados por un “Estudio Longitudinal de Salud de los Adolescentes” realizado en EE.UU. reveló que la violencia en la intimidad de los hogares de los adolescentes los ha conducido a experimentar diversos síntomas de carácter depresivos, consumo de alcohol y drogas, a entrar en constantes riñas y peleas con armas de todo tipo, a desertar de las escuelas, a huir de sus hogares e ingresar al mundo de la delincuencia, a experimentar pensamientos suicidas. Otro aspecto peligroso de vivir en medio de la violencia, es el “contagio emocional” y el aprendizaje de conductas violentas por parte de niños y jóvenes como la única forma de “resolver los problemas”.

Por otra parte, diversos estudios acerca del carácter y el comportamiento humano relacionados con el mal genio y la agresividad, han permitido establecer que el “marido común y corriente se altera un promedio de cuatro a seis veces por semana, el doble que su esposa”. El sólo hecho de no hallar una llave en el lugar habitual, tener un neumático del auto desinflado justo cuando hay que salir a trabajar, una línea telefónica ocupada a la que se intenta llamar, encontrarse con un taco en las calles, etc., se convierten en motivos suficientes para que una persona sufra un estallido de ira.

Las mujeres, por su parte, suelen perder la calma y la paciencia por algunas cosas –aparentemente sin importancia– que sus parejas dicen o hacen, como criticar su comida, un aspecto de su figura o por un desacuerdo en relación con la educación de los hijos.

Otros estudios destacan que la ira que experimentan las personas está relacionada con la profesión de cada cual. Es así por ejemplo, que las investigaciones señalan que –en términos generales– los abogados, médicos y gerentes de banco se enojan con moderación, mientras que aquellos empleados que deben trabajar con números, cifras y cuentas estallan con rapidez, en tanto que los trabajadores de fábricas también muestran serios problemas de mal carácter y estallidos de rabia.

En un artículo acerca de las emociones básicas –tales como la ira, la cólera, la rabia, etc.– el Dr. Riccardo Williams destaca que el comportamiento acompañado de ira y rabia tiene diferentes propósitos y los matices de las conductas agresivas, a menudo, están “definidos por el marco cultural del sujeto y el contexto social” en el cual se producen.

Un estudio realizado en Inglaterra por el Dr. John Archer y la Dra. Jane Louise Ireland de la U. de Lancashire en relación con el bullying, reveló que el “71% de las personas que practican el matonaje habían sido ellas también víctimas de violencia y de abuso, en tanto que el 57% de las víctimas, molestaban, a su vez, a otros”. Al comparar este último grupo de sujetos con quienes no habían sido nunca víctimas de matonaje, las víctimas mostraron síntomas mayores de hostilidad y agresividad contenida, la que era expresada por medio de acciones tales como patear puertas, romper cosas, actitud negativa hacia la autoridad, fantasías de venganza e impulsividad, parecidas a las de los “matones puros”.

En definitiva, la intolerancia y la falta de autocontrol de impulsos pueden traer severas consecuencias para las personas. Si a lo anterior, se suma el consumo de alcohol y drogas, entonces la mezcla puede ser, simplemente, explosiva y mortal, tal como lo vemos a diario en las calles atochadas de vehículos, así como también en colegios, pubs y discotecas.

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