Las inteligencias múltiples y la inteligencia emocional están estrechamente vinculadas entre sí, al punto que dos de los tipos de inteligencia descritos por el Dr. Howard Gardner –la Inteligencia Interpersonal y la Inteligencia Intrapersonal– dan origen, justamente, a la Inteligencia Emocional (I.E).
La I.E. hace referencia a la capacidad que tienen algunas personas para procesar, controlar y aplicar con éxito las emociones. Lo anterior, a diferencia de la “inteligencia” a secas, que alude a la capacidad de un sujeto para resolver un determinado problema, o bien, que pone de relieve la capacidad de una persona para poder adaptarse al entorno que lo rodea, un aspecto que, curiosamente, está en línea con lo que señalaba el científico inglés, Charles Darwin, hace más de 150 años, en su libro “El origen de las especies”, donde planteaba, que lo que hizo que la especie humana pudiera “sobrevivir y prosperar” frente a especies mucho más fuertes y poderosas, fue su extraordinaria capacidad de adaptación.
Puestas así las cosas, la inteligencia no podría ser otra cosa que la combinación de todas las inteligencias presentes en el ser humano, en la medida que éstas estén desarrolladas y disponibles.
Sin embargo, también existen los sujetos llamados “analfabetas emocionales”, es decir, personas incapaces de reconocer emociones en otros individuos, o incluso, de experimentar algún tipo de emociones. Esta condición puede constituir un trastorno llamado “alexitimia”, un concepto tomado del griego que significa “sin palabras para las emociones” o incapacidad “para identificar y/o expresar las emociones propias y ajenas”. Este concepto –acuñado por el Dr. Peter Sifneos– representa: (a) una limitación cerebral provocada por un trastorno en el aprendizaje emocional, o bien, (b) que podría tener su origen en una lesión en el cerebro.
Si se trata del primer caso, es decir, de un trastorno en el aprendizaje emocional, se habla de una característica que se desarrolla desde la niñez y que se construye a partir de la historia familiar y social de una persona. Es así, por ejemplo, que hay niños, a quienes, desde pequeños, los padres le enseñaron que es malo mostrar el miedo, la vergüenza, la tristeza, la rabia o la pena, por ser “emociones negativas”, en función de lo cual, estos niños aprenden a bloquearlas, al punto de que ni siquiera están en condiciones de poder experimentarlas y, menos aún, de ser capaces de reconocerlas en otros. Hay hombres, por ejemplo, que recién se dan cuenta que su pareja está triste, acongojada o apenada cuando ven lágrimas correr por sus ojos. Antes que eso, serán incapaces de saber qué le pasa a su pareja. De más está decir, que los efectos de la alexitimia pueden dañar y afectar de manera severa la vida personal de quienes la sufren.
Supongamos ahora, que usted, de un momento para otro, es injustamente despedido de su trabajo… ¿qué sentiría usted? ¿Frustración? ¿Ira? ¿Pena? ¿Rabia? ¿Dolor? ¿Todas las anteriores? ¿Ninguna de las anteriores? Si usted ha respondido que sí a cualquiera de las emociones antes señaladas, alégrese, pues ello significa que no sufre de alexitimia. Por el contrario, si usted no se siente identificado con ninguna de estas emociones, entonces sí debería preocuparse, ya que ello podría significar que pertenece al 10% de la población que no es capaz –o no sabe– interpretar y/o expresar emociones.
No se trata de que algunas personas “elijan” hacerse las tontas con sus emociones para efectos de “no enfrentarlas”, sino que tales personas no cuentan con el equipamiento sensorial y cognitivo requerido para tales efectos, es decir, Inteligencia Intrapersonal, o bien, con las herramientas necesarias que se adquieren por intermedio de la interacción con otros individuos para poder hacerlo, a saber, Inteligencia Interpersonal.
A menudo nos encontramos con sujetos incapaces de experimentar empatía hacia otras personas que se encuentran sufriendo o que están atravesando por momentos difíciles y dramáticos, en función de lo cual, les resulta imposible dar los cuatro pasos necesarios para practicar la empatía con propiedad, a saber:
1. Crear un clima de confianza que permita a la otra persona abrirse y expresar libremente aquello que lo acongoja.
2. Escuchar de manera activa, es decir, prestar la atención necesaria a aquello que le está siendo comunicado, donde el lenguaje verbal debe ser coherente con el lenguaje corporal.
3. Tratar de comprender el trasfondo de la problemática que le está siendo comunicada.
4. Ayudar –en la medida de lo posible– a la persona que nos ha pedido auxilio, a encontrar una solución conjunta al dilema que la aqueja.
Lo que se ha señalado en los cuatro puntos anteriores, se llama “practicar la empatía”. Digamos finalmente, que así como existen personas “analfabetas” –que no saben leer ni escribir–, también tenemos a los “analfabetas emocionales”, es decir, personas que fallan en su intento de interpretar las emociones de su interlocutor de turno, o de comunicarles a otros sus propios estados de ánimo y emociones.



