¿Qué estamos haciendo mal en nuestro país…?

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Por Dr. Franco Lotito C.
Conferencista, escritor e investigador (PUC)

¿Qué errores u omisiones en relación con la educación y formación de nuestros niños, adolescentes y jóvenes estamos cometiendo para que un niño de 12 años acuchille por la espalda al interior de su colegio a otro de 13 años?

¿O que un joven de 18 años ingrese a su colegio con un machete, con gas pimienta y varios cuchillos, asesine fríamente a una Inspectora del colegio, acuchille a una profesora y a otros tres estudiantes –quienes quedan gravemente heridos y con riesgo de sus vidas– pero cuyo verdadero propósito era asesinar a todos los niños de primero básico que pudiera, por considerarlos… “blancos fáciles”?

Estos son sólo dos ejemplos de lo que hoy se considera como “violencia escolar dirigida”, donde llegar a los colegios y universidades con piedras, machetes, cuchillos, pistolas, elementos incendiarios, bombas molotov, etc., se ha vuelto un tema recurrente.

La pregunta inicial no es gratuita, ya que alguien –las autoridades, la sociedad, la ciudadanía, los padres de estos estudiantes– deberán obligatoriamente responderla y la respuesta no será, precisamente, grata de escuchar, ya que son demasiadas las cosas que se han hecho mal durante estos últimos diez años, tanto en Educación Básica, en Educación Media y, asimismo, en la Universitaria, especialmente, si tomamos en cuenta el último brutal ataque que sufrió la Ministra de Ciencias, la Dra. Ximena Lincolao, en la Universidad Austral de Chile, a manos de una horda violenta de estudiantes de dicho establecimiento universitario.

Basta observar a nuestro entorno cercano para darnos cuenta lo rápido que se ha instalado en nuestra sociedad la polarización, la división social, la agresividad y la violencia bruta en su máxima expresión. Hoy debemos incluir, por cierto, a las escuelas y universidades, donde se atenta –se ataca y se asesina, si se da la oportunidad– en contra de alumnos y profesores por igual, con el arma que se tenga a mano.

Por otro lado –y de manera paralela a la violencia física– distintas formas de comunicación no presencial han conducido a un deterioro de la cultura de los acuerdos y de los compromisos, y, en consecuencia, a un aumento de la intransigencia, la intolerancia y la agresividad interpersonal.

La directa consecuencia de estos “nuevos hábitos de conducta”, es que una parte importante de la sociedad ya no se relaciona con las demás personas como seres humanos vivos dignos de respeto, cuyos rostros y cuerpos son visibles y están a la vista, y cuyas palabras y voces las podemos escuchar directamente.

Pareciera entonces, que estamos interactuando unos con otros como si fuéramos meros “mensajeros digitales” a través de una de las tantas pantallas electrónicas que tenemos a disposición.

Es más. Ahora que no necesitamos estar frente a frente con el otro, resulta mucho más fácil perder la inhibición y el respeto, y mostrarse groseros y mal educados, a raíz de lo cual, hacer lo mismo con una persona que te mira directamente a la cara hoy se hace cada vez más sencillo. Por lo tanto, una vez que nos hemos acostumbrados a ser “agresivos y groseros a distancia”, resulta cada vez más fácil continuar siendo agresivos y violentos ante las personas de carne y hueso.

A lo anterior se suman tres tendencias que contribuyen a profundizar el declive social y la polarización: (a) la difusión masiva de frases de odio y noticias falsas con la finalidad de generar división, caos y peleas fratricidas, (b) la cantidad de dinero que se invierte en educación es cada vez menor, lo que tiene como consecuencia, que de tanto ahorrar en educación nos estamos volviendo cada día más “millonarios en ignorancia y estupidez”, (c) los resultados que se obtienen a raíz de la baja inversión en el ámbito de una educación escolar de calidad son cada vez peores.

¿Por qué razón es tan trascendente esta situación? Porque todos los estudios indican que una educación de calidad –además de los años de escolarización– son los mejores predictores de la salud mental y del desarrollo psicosocial de la población de una nación.

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