Por Dra. Mariela Andrades
Psicóloga clínica forense y académica UCEN
Este tipo de crímenes, probablemente, podrían realizarlo personas que presentan rasgos de personalidad psicopática, los cuáles se caracterizan por una ausencia de culpabilidad y remordimiento, carentes de empatía y sienten desprecio por su víctima, vulneran la normativa social y presentan una visión egocéntrica del mundo, que se plasmará principalmente en una búsqueda activa de la propia satisfacción, minusvalorando a los demás y mostrando desprecio y desconsideración por las motivaciones ajenas y sociales. Esta característica de personalidad predispone al psicópata a la vulneración de los derechos y libertades de las demás personas.
El psiquiatra Schneider señala que “las personalidades psicopáticas son aquéllas que por su anormalidad hacen sufrir a la sociedad”. Es decir, el psicópata, sabe lo que hace, pero no le importa las cicatrices psicológicas y emocionales que provoca con sus actos. Conocen la diferencia entre lo que está bien o mal, pero esos límites no son para ellos. Cualquier estrategia es válida para llegar al máximo placer del psicópata, que es anular la voluntad del otro para atacarlo, demostrar su superioridad y desprecio hacia su víctima.
Como sociedad debemos abordar con tesón la salud mental de nuestro país, la que como podemos ver, cada día se daña más; fortalecer el valor de la palabra y potenciar relaciones de cuidado y de convivencia equitativas entre los géneros. No podemos predecir el momento en que actuará la psicopatía, pero el Estado sí puede y debe resguardar a nuestros niños, niñas y adolescentes y si podemos contribuir como sociedad, a que jóvenes como Ámbar, quienes tienen una vida marcada por el dolor y el abandono, formen parte de una comunidad en la que exista una adecuada detección, prevención e intervención de la violencia, y se promuevan factores protectores y sociales para una mejor convivencia.
















