Por Dr. Franco Lotito C.
Conferencista, escritor e investigador (PUC)
Es preciso dejar muy en claro que basta experimentar un solo episodio de acoso laboral para que una persona tenga pensamientos suicidas y atente en contra de su vida, al punto de que en nuestro país entre los años 2019 y 2025 más de 200 personas se han suicidado en el contexto de trabajo como consecuencia directa del acoso vivido.
Otro de los graves aspectos de este drama, es que las personas causantes –directas o indirectas– del suicidio de un trabajador, no son llevadas ante la justicia ni tampoco sufren penas de prisión o el pago de indemnizaciones por los acosos y abusos extremos cometidos como sí sucede en otros países.
La psiquiatra francesa Marie-France Hirigoyen habla del “acoso laboral” como aquella forma de lograr la renuncia de un trabajador a través de ejercer sobre él o ella una serie de presiones psicológicas indebidas con el objetivo de generar en la persona fuertes emociones y sentimientos de carácter negativo: frustración, inseguridad personal, daño a su autoestima, desesperación, etc., hasta provocar su posterior renuncia.
El concepto “mobbing” –tomado del inglés– tiene aparejados los siguientes significados: “acosar, asediar, atropellar, atacar en grupo a alguien”. Para el Dr. Heinz Leymann, quien fuera un experto en el tema del mobbing, este acto representaba una situación en que una persona –o varias–, “ejercían una violencia psicológica extrema de forma sistemática y recurrente durante un tiempo prolongado sobre otra persona en el lugar de trabajo, con el fin de destruir sus redes de comunicación, su reputación, perturbar el ejercicio de sus labores y conseguir su desmotivación laboral”.
Estas presiones y tácticas malignas pueden ir desde aislar al trabajador del resto de sus compañeros, insultarlo y agredirlo verbalmente, quitarle la oficina en la que trabaja, humillarlo en público, hasta sabotear los informes que realiza el trabajador tachándolos de “inservibles”, “inútiles” y “basura para el papelero”, etc.
La Comunidad Europea, por intermedio de encuestas y entrevistas entre miles de trabajadores de todos los países miembros de la comunidad, determinó que alrededor de un 12% de los trabajadores vive bajo constantes abusos en su lugar de trabajo. Como se comprenderá muy fácilmente, esta cifra puede estirarse fácilmente hasta un 15% o 20% en países como el nuestro, donde la “cultura de las buenas prácticas” aún no logra validarse y ser aceptada del todo.
La cifra resultante es demasiado significativa como para que pase inadvertida, o para que no se le preste la debida atención, ya que son demasiados los trabajadores que terminan con licencias psiquiátricas y con una severa depresión como consecuencia de los abusos y malos tratos. A menudo este tipo de experiencias van acompañadas, tal como se ha señalado previamente, de ideación suicida y que terminan, precisamente, con la muerte del trabajador.
Con el fin de minimizar las posibilidades de caer bajo las garras de este tipo de personas, a continuación se señalan las principales características del acosador laboral –o “intimidador en serie”– con el fin de que las personas puedan tomar las precauciones:
1. Personalidad tipo Jekyll y Hyde: el acosador se muestra violento y desagradable con la víctima, pero muy encantador con el resto de sus compañeros, amigos y conocidos.
2. Mentiroso: es un sujeto que tiende a mentir a fin de convencer a la gente de su entorno –incluso mediante el expediente de los engaños y de la manipulación– que su “conducta de malos tratos en contra de su gente no es tal”.
3. Controlador: presenta rasgos obsesivos por el control, por el poder y por la supervisión estricta de las actividades a su cargo, de manera tal, de manejar todo a su antojo y no ceder poder ante nadie.
4. Crítico y ácido: la empatía en estos sujetos no existe y tampoco está en su naturaleza alabar y apreciar el trabajo de los demás, ya que, en forma sistemática, se pone a criticar todo aquello que puede en cuanto se le pide la opinión.
5. Actitudes inapropiadas: tiene muchos prejuicios sobre el género, el nivel social, el nivel educacional y las creencias religiosas o políticas de sus víctimas y/o compañeros de trabajo.
6. Líder auto-convencido: no pone en duda su propia capacidad de liderazgo, no obstante ser incapaz de distinguir la diferencia entre “liderar” y ser “jefe”, capacidad que requiere, entre otros rasgos: madurez, integridad, empatía, confianza, asertividad, etc., confundiendo lo anterior con intimidación, inmadurez, desconfianza, agresividad, etc.



















