Por Cristian Omar Valerio
Sociólogo

De manera muy amplia y general, se asume que los derechos humanos serían ciertas facultades y atribuciones inherentes a la condición humana, es decir, derechos fundamentales en el sentido de que los posee la persona humana, precisamente, sólo por el hecho de ser persona y que, por tanto, son inseparables de su calidad como tal. Es fácil entender que tenemos derecho a la vida, a la educación, a un trabajo digno, a la igualdad, a la seguridad personal y un largo etcétera. Sin embargo, la complicación comienza al tratar de asimilar el mencionado fundamento de tales derechos, ya que, está algo alejado de la realidad cotidiana, en tanto alude a algo poco concreto como lo es esa “calidad humana”, fundamento tan obvio que pasa a ser desapercibido. Adquiriendo importancia el intento por acercarlo a dicha cotidianeidad y alejarlo de la obviedad.

Constantemente se realizan esfuerzos referidos a este intento mediante perspectivas religiosas, filosóficas e incluso políticas. Son transversales a las instituciones de la sociedad, incluyendo a la escuela. Sin embargo, es en nuestro proceso inicial de socialización con nuestra familia (nuestros años de vida preescolar) donde debiese generarse un proceso de enseñanza-aprendizaje específico y con características de plena conciencia. Aceptando que es en esta etapa vital temprana en donde adquirimos, precisamente, los fundamentos que guiarán nuestro desarrollo humano.

La creación, aceptación y diversos niveles de protección a nivel institucional de los derechos humanos no es algo efectivo para asegurar la plenitud vital de la humanidad. La necesidad de crear una larga lista de derechos (a la que se le continúan agregando más) sólo es un indicio de su carácter reaccionario, limitado y, de alguna manera, “improvisado”. Necesitamos socializar temprana y universalmente ciertos valores fundamentales que abarquen todos estos derechos y más. De esta forma se evitará llegar al límite de los atropellos y atrocidades contra nuestra “calidad humana”.

El único “derecho” que viene con nuestra gestación es el derecho a la vida como ser humano. El asunto es entender, aceptar, respetar y proteger las implicancias totales de dicho derecho, lo que a su vez refiere a las implicancias totales del concepto de “ser humano”. Aprender a dimensionar en profundidad el significado de vivir, de nuestra vida y la de los demás en un contexto de autónomo-dependencia (aspecto tratado en una columna anterior). Este proceso de enseñanza-aprendizaje debe ser realizado en nuestra primera infancia para que sea asimilado profundamente. Proceso que implica la adquisición de valores tal como la responsabilidad frente a la vida, referida tanto a nuestra existencia como individuos como a nuestra indispensable vinculación con el entorno social.

Si asimilamos de manera profunda los fundamentos de los conceptos, estos podrán ser una guía efectiva para nuestras acciones cotidianas. Esto es relevante en la medida que entendemos que nuestras vidas no se desarrollan en realidades lejanas como otros países o incluso ciudades, menos aún en una realidad conceptual poco asimilada o “hecha carne”. Necesitamos llevar “incrustados” en nuestros cuerpos aquellos fundamentos para que en lo cotidiano puedan expresarse concretamente.

En este caso, por ejemplo, la responsabilidad ante nuestra vida y la de los otros, entendiendo que no podemos mantener una “sana humanidad” sin ella. En definitiva, acercar a lo cotidiano el fundamento de los derechos humanos, significa fundirlos a todos ellos en el crisol de ciertos valores fundamentales como la responsabilidad vital, dejándolos directamente referidos a nuestra autónomo-dependencia.