Por Cristian Omar Valerio
Sociólogo

Desde el momento que se inicia nuestro desarrollo humano en el vientre materno, se presenta un fuerte enlace con un otro. En el transcurso del devenir de nuestras vidas, dicha vinculación con aquella otredad se mantendrá y deberá hacerlo si deseamos mantener una “sana humanidad”. Más allá de cualquier definición del concepto de ser humano (como ser racional, creador de cultura, etc.), cabe considerar que la plenitud de lo que implica nuestra existencia humana se relaciona con nuestro desenvolvimiento como conjunto de vinculaciones. Por definición somos individuos, personas con autonomía en el sentido de que nos guiamos por nuestra propia racionalidad y emocionalidad, sin embargo, ambos aspectos adquieren un sentido pleno cuando están referidos a nuestro contexto humano (familiar, comunitario, social, etc.).

Después de nacer, paulatinamente vamos desarrollando nuestra autonomía, entendiéndose que es algo que no viene dado genéticamente, sino que, se va alcanzando mediante un proceso de vinculación con otro, a través del aprendizaje (no aprendemos solos, incluso leyendo un libro, es el autor del mismo el que, de alguna manera, nos “enseña”). Durante nuestra primera infancia el contexto familiar es el eje central en torno al cual nos vamos haciendo individuos, por tanto, es a través del cual vamos adquiriendo diversos niveles de autonomía. La interacción con nuestros padres y/o tutores y nuestros primeros pares (amigos, primos, etc.) nos va entregando el bagaje socio-cultural inicial para desenvolvernos autónomamente. Luego, en el periodo de escolarización, seguiremos este proceso de individualización (ser individuos “aislados”) y, simultáneamente, de vinculación con los demás (ser individuos “dependientes”).

En nuestra adultez nuestro vínculo familiar se abre a nuevas fronteras de creación. Nuestras relaciones de pareja son una nueva expresión de aquella autónomo-dependencia generada desde nuestra concepción humana, cuyo nivel máximo está dado en el vientre de nuestras madres. Existe una dependencia recíproca con nuestras parejas más allá del hecho obvio de la procreación. Para crear una relación sana y duradera con nuestras parejas (en realidad, con cualquier otro) necesitamos generar una conexión racional y emocional profunda. Lo que en un aspecto práctico significa que debemos generar diversos niveles de interdependencia en nuestro convivir cotidiano. De manera mutua debemos entendernos y apoyarnos con la finalidad de ir co-creando la relación (entendiéndola como una instancia creativa y dinámica).

En el transcurso de nuestras vidas debemos mantener contacto con otros más allá de lo familiar. Las relaciones sociales (amistad, laborales, comunitarias, etc.) siguen implicando circunstancias de autónomo-dependencia. Necesitamos de esos otros para desarrollar nuestras humanas aspiraciones y necesidades. Por ejemplo, desde una perspectiva económica, es muy difícil lograr una autarquía individual o familiar, inevitablemente debemos ampliar nuestras fuentes para satisfacer las mencionadas aspiraciones y necesidades, aunque sea a un nivel comunitario menor.

No podemos desconocer las posibilidades de que alguien pueda llegar a robinsonear (un tributo a Crusoe) en algún lugar aislado, forzado por las circunstancias de su vida. O que, por propia elección, pueda imitar a aquellos Padres del Desierto como Pablo el ermitaño. Sin embargo, en aras de configurar aquella mencionada “sana humanidad”, necesitamos lograr esa vinculación profunda de nuestras individuales emocionalidades y racionalidades, con la mayor cantidad de otros posible. Hasta la conexión con la divinidad, que es algo muy individual e íntimo, no puede ser entendido sin los demás ¿Cuál sería el sentido de dicha conexión sino el de ser mejores personas y con ello aportar a la “salud” espiritual de la humanidad entera? Somos, simultáneamente, autónomos y dependientes.