Por Camilo Gómez
Editorial Noticias Los Ríos
Presidente Fundación Menoko

Ahora vendrán los lamentos. Después del incendio de esta madrugada en la casona Daiber, muchas conjeturas, búsqueda de culpables y posiciones sobre “lo que podría haberse hecho con ese lugar” se presentarán ante el público como un largo sollozo que a estas alturas será absolutamente inútil. Todo esto porque la cultura – en el sentido más profundo de esa palabra – y nuestro patrimonio han sido abandonados tanto por la ciudadanía como por las autoridades.

Evidentemente – y a pesar del inusitado interés que despertará el lugar ahora que ya no sirve de nada – este abandono no es un fenómeno nuevo. La casa, que durante mucho tiempo fue jardín infantil y que posteriormente fue solicitada por varias instituciones para considerar su notable arquitectura para servir como centro cultural e incluso hogar de ancianos, terminó en dilaciones de parte de la autoridad, un comodato de parte del SERVIU a la Ilustre Municipalidad de La Unión y un vendaval de burocracia y proyectos al voleo que terminaron con esa importante pieza arquitectónica de la comuna convertida en una pila de escombros.

Abandonada a su suerte, los cercos derribados, portones abiertos y accesos disponibles para que en el lugar se asentara todo tipo de actividades, serían una crónica de una muerte anunciada para la casona Daiber, sin embargo, no es un fenómeno aislado y obedece a dos grandes factores.

El primero es la carencia de apreciación cultural, que tome en cuenta en este aspecto algo más que el folclore, y los milenarios alerces como única riqueza de nuestra ciudad. El patrimonio arquitectónico, las artes y sus exponentes, la cultura intangible de nuestra historia y la belleza de nuestro paisaje y las especies endémicas de nuestra tierra son cuestiones que deben recuperarse y protegerse como algunas organizaciones de la sociedad civil están intentando hacer día tras día.

El segundo es la falta de respeto respecto a estos espacios, la torpeza con que tratamos los ciudadanos nuestra riqueza, y la desidia de parte de las autoridades para proteger, cuidar y restaurar los valores culturales, especialmente los arquitectónicos que como la casa Daiber, cada día se encuentran más deteriorados o son reemplazados torpe y bruscamente como fue con la demolición de la casa Iribarne.

Finalmente, el espacio de reflexión queda abierto para tomar cartas en el asunto y que mientras se recojan las cenizas que reemplazan la casona Daiber, que miraba imponente hacia la ciudad que crece entre los árboles del lluvioso sur, se piense en cómo otros patrimonios pueden ser protegidos, las declaración de monumentos naturales, patrimonios culturales y otras herramientas que la ley de nuestro país dispone para cuidar estos espacios, opciones que están sobre la mesa, pero que no se van a ejecutar por sí solas.