Por Pedro Barrera
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Werner Heisenberg propuso en 1925 el principio de incertidumbre, esencial para la física cuántica, que se resume en que “cuanta mayor certeza se pretende alcanzar en la determinación de ciertas variables, menos precisión se tiene”. Este postulado científico que acabo de definir de forma muy rudimentaria, si se le extrapola, parece representar muy bien el actual escenario político sobre todo a la luz de los hechos de la última semana. Parece ser que por más que analizamos y calculamos el juego político la única conclusión firme a la que podemos llegar no es otra que la incerteza, un escenario contradictorio, superficial y dudoso.

La cuenta pública de la Presidenta, por ejemplo, reafirma este diagnóstico. El discurso del día jueves, con cierto grado de autocomplacencia, buscó precisar o al menos intentó dejar en claro cuál es el legado de Michelle Bachelet y sobre todo de la Nueva Mayoría, no obstante los “profundos y positivos cambios progresistas” que defiende Bachelet no se condicen con una coalición desmembrada, desnortada y que carece de respaldo popular (8% según CEP). Por otro lado, las mismas encuestas, que en principio pretenden dar luces y configurar los escenarios posibles por medio de los –en teoría- tan confiables números, paradójicamente tampoco logran romper con esta tendencia pues: Si bien Piñera sigue liderando las encuestas, se estanca en la intención de voto y está a solo 4 puntos de Guillier en una potencial segunda vuelta. Un resultado en el que el eventual apoyo de los votantes del FA o de la DC deja todo abierto otra vez. Y, claro está, tampoco hay que dejar de lado el gran porcentaje de abstinencia que se vaticina. Otra vez, incertidumbre.

La incertidumbre se ha convertido en el eje de las noticias, de los comentarios e incluso ha traspasado la barrera del análisis y parece afectar también a los actores políticos y su comportamiento, haciéndoles contradecirse y titubear comunicacionalmente. Sin ir más lejos, la debilidad en el manejo programático que mostró Beatriz Sánchez en Tolerancia Cero o las constantes contradicciones que deja ver Guillier al negar su condición de político o equivocar definiciones técnicas, plantea firmes dudas respecto de su capacidad de articular y aunar a los partidos tras un proyecto serio, y con ello genera preguntas sobre un liderazgo que parece ser solo nominal.

El problema de la derecha en cambio no es la incertidumbre comunicacional sino de contenido. Parece haber una tendencia clara hacia la posmodernización o relativización de las discusiones políticas. Una estrategia planeada únicamente para lo electoral, con eslóganes de fábrica, mensajes preconstruidos. Se deja de procesar la política como una cuestión racional, donde los hechos y su análisis serio dejan de ser el centro de la discusión, dejamos de comprender la política como el medio para la construcción de una sociedad más justa y se esconden las verdaderas intenciones tras un discurso liviano, prejuicioso y alarmista.

Este último punto, por ejemplo, ya podemos apreciarlo en los discursos de Sebastián Piñera o de MJ Ossandón, cuando rechazan el matrimonio igualitario y la ideología de género, o proponen un discurso antinmigración o uno contrario a los derechos sexuales y reproductivos, y se justifican con criterios puramente emocionales y frases prefabricadas que de justificación tienen bien poco.

La incertidumbre fue una de las causas del ascenso de discursos agresivos, populistas, demagógicos y extremistas en otras latitudes como EEUU, Holanda, Francia, es decir, la irresponsabilidad de la clase política al negarse a plantear líneas ideológicas y programáticas claras y fundamentadas motivó el surgimiento de ideas que no se basan en la racionalidad, sino en la conveniencia, el miedo y la intolerancia. Ocurre que cuando la incertidumbre y las contradicciones son la regla, se genera un escenario en el que comienza a naturalizarse el comportamiento errático, y con ello a privilegiarse el uso del lenguaje publicitario, el manejo de imagen, el cálculo político. Ya no importa tanto desde dónde se construyen las propuestas, la coherencia ideológica, ni siquiera la aptitud para gobernar o los equipos de trabajo. Prolifera una tendencia en la que importan más los dichos y el impacto emocional que generan y no las propuestas serias, estructuradas y sobre todo el fundamento y los mecanismos de concreción de las propuestas.

La paradoja de la incertidumbre no se resuelve mirando a las encuestas, ni maquillando cuentas públicas con mensajes esperanzadores, ni cayendo en extremismos irracionales, ni saltándose las discusiones con frases hechas. Requiere aterrizar las discusiones, hacerlas técnicas, diseñar un mensaje político y hacerse responsable de defenderlo lógicamente, asumiendo posiciones claras, y no jugando un juego electoral vacío y superfluo. Si continuamos admitiendo imprecisiones técnicas, tolerando la falta de definiciones políticas, si se conserva y se profundiza el escenario de la incertidumbre en el que el contenido no importa tanto, acabaremos eligiendo gobernantes de los que no sabemos qué piensan, ni cómo se definen, ni qué proponen, ni cómo pretenden hacerlo, pero que se ven muy bien en el afiche.