Por Héctor Morales Santibáñez

En este bicentenario es importante rescatar el relato de su vida y paso por Trumao,  porque dicho personaje es parte de la historia de la comuna, de su desarrollo y del bienestar que hoy gozan muchas personas en el área rural donde trabajó por cerca de 30 años.

El año 2015, el Concejo Municipal de La Unión distinguió como “Ciudadano Destacado” al ex párroco de Trumao, sencillo cura de campo, que por cerca de 30 años ejerció el sacerdocio en la emblemática misión. Dicha distinción fue la primera vez que se otorgaba en reconocimiento a una persona por su aporte a la comunidad, con un sentido de justicia para homenajear en vida a quienes realmente hayan contribuido significativamente al desarrollo de la comuna, en cualquier área.

Fue entonces que escribí en el diario electrónico El Caulle, una crónica con el relato de su vida, pero también incluyendo el vínculo que tuve en mi infancia con el curita de campo, que hasta hoy es amado por quienes fueron sus feligreses, receptores de la ayuda espiritual y social que imprimió en el ejercicio de sus funciones sacerdotales en Trumao.

SU HISTORIA – MI HISTORIA

Para hablar del Padre Téoforo de Jeu, ex párroco de la Misión de Trumao, debo hacerlo buscando en mi mente de niño, en la cual conservo algunas imágenes vívidas del cura bonachón, que le encantaba jugar a la pelota con los niños de la escuela parroquial Nº 48 de Misión Trumao, en la cual también hacía clases de religión.

Debo hacerlo en primera persona, de manera testimonial, ya que buscando en el álbum familiar, encontré las fotos de su llegada a la Misión. Claro que antes de adentrarme en lo anecdótico, debo contar algo de su biografía y de cómo mi familia se relacionó con él por cerca de una década.

El padre Teóforo de Jeu nació en Holanda el 27 de diciembre de 1929; era el mayor de una numerosa familia de 11 hermanos. Fue ordenado sacerdote el 27 de julio de 1959. En 1961 lo enviaron a la Misión de los Padres Capuchinos en Quilacahuín, en ese entonces comuna y provincia de Osorno. Llegó a Valparaíso el 25 de agosto del mismo año e inmediatamente se dirigió a su destino donde comenzó un trabajo de visita a las familias y a los niños de la escuela en la Misión. Actividad importantísima para él, que anhelaba el contacto con la gente sencilla, lo que a la vez le permitió iniciar el aprendizaje del idioma español.

El 25 de diciembre de 1961 un gran incendio consumió la iglesia de Quilacahuín, de iguales características que la de Trumao, nada más que un poco más grande. Tras esto, el padre Winfredo van der Berg, párroco de Quilacahuín, por encargo de los superiores de la orden capuchina, en febrero de 1962 lo envían a la Misión Trumao para hacerse cargo de la parroquia.

En aquel entonces, mi tía Celia, hermana de mi madre, junto a su esposo Carlos, trabajaban en Quilacahuín, y son escogidos por el padre Winfredo para que se vengan junto al padre Teóforo a trabajar en la misión parroquial, por lo que se adelantan y preparan la casa para su recepción

Mis primos Luciano y Carlos, fueron por años sus acólitos, en aquel tiempo llamados sacristanes. Luciano, falleció ahogado en la playa que está aguas arriba del puerto de Trumao -en enero de 1968- y aún recuerdo la cara apenada no sólo de la familia, sino del cura Teóforo, a quien vi en un momento de la despedida secarse las lágrimas, lo que a mis casi cuatro años me impresionó enormemente, porque jamás había visto llorar a un cura, y yo pensaba que ellos no lloraban.

Cada cierto tiempo mi madre venía a visitar a mi tía, lo cual le gustaba mucho al padre Teóforo, por cuanto ella era una avezada pastelera, por lo que le hacía los kuchen con fruta y crema que a él tanto le gustaban y que disfrutaba junto a su infaltable café con leche.

Recuerdo que el padre Teóforo era un gran consumidor de leche, y comía yogurt natural preparado con “los pajaritos” en un frasco conservero, y también disfrutaba el budín de pan. No era regodeón para comer, me recuerda mi familia, y me acotan algo que había olvidado: le gustaba comer la comida ahumada, cuando a veces “se pega la olla”, porque decía que le recordaba el sabor de la comida preparada por su madre.

Salía constantemente a caballo a recorrer los campos aledaños, y en cada viaje se hacía acompañar con mis primos. Una de mis primas me comenta que era muy respetuoso, la gente lo quería mucho y era recibido como una gran autoridad donde llegaba.

TEÓFORO Y MIS RECUERDOS DE INFANCIA

Debo decir que me impresionaba su sotana color café, que aún usa, porque sus bolsillos siempre tenían guardado algún confite que yo disfrutaba, y pensaba que esos bolsillos no tenían fin, que eran muy hondos porque jamás se agotaba la provisión.

Del mismo modo me impresionaba su larga barba, característica de todos los sacerdotes y curas capuchinos de ese entonces, y creo que soy el único en La Unión que se la ha tocado y tironeado.

Bueno, de hecho, una de las imágenes más vívidas en mi memoria es estar sentado a la mesa en sus piernas comiendo leche nevada, uno de los postres que más le gustaba, el con su porción y yo con la mía, pero yo recostándome en su pecho y acariciando su barba que mis pequeños dedos sentían muy suave. Esta escena se repite muchas veces en mi mente, por lo que mi familia me aclara que, si yo estaba, el siempre pedía que a mí me sirvan junto con él, porque era la “guagua” de la familia y se preocupaba de regalonearme, que como niño no esté mirando, algo que yo he conservado en mi vida; no como solo si un niño me está mirando.

Como él era protector y consentidor conmigo, le valió que yo le tironeara la barba y lo pateara, lo que recuerdo en parte, así como en un lugar medio oscuro, él estaba agachado y yo tengo tomada su barba, le doy de patadas con mis pequeños pies, y lo tengo inmovilizado, pero no sé la razón, así que mi familia me ha aclarado la escena años después.

Como no había luz eléctrica, en la misión se usaban lámparas de parafina tanto en la iglesia como en la casa. Fueron una tarde a la sacristía a llenar las lámparas y, obviamente, con mi mente curiosa de niño yo también quería participar del proceso y le pedí que me dejara llenar las lámparas. Pero, obviamente, él no iba a permitir que un niño hiciera una cosa así, por lo que era la primera vez que me ponía límite, que me decía no en algo, lo que debe haber desatado mi enojo. El haber tomado su barba, tirársela y patearlo, hoy me hacen ver la cercanía que yo tenía con él, no lo veía con miedo como los demás niños, sino que tenía una confianza que me permitía acercarme más que cualquier otro.

Recuerdo sus misas diarias a las siete de la mañana, en las que participaba junto a la familia, a las cuales yo solía ir para continuar en los brazos de mi madre o mis primas mi sueño matinal, y despertar sólo para el desayuno.

Fui de “oyente” a la escuela parroquial que él instaló, de “pinta mono”, porque mi hermano mayor iba en igual condición, con la diferencia que yo iba a dormir en el pupitre, porque obviamente se entraba temprano y como niño no estaba preparado para ese ritmo, pero igual tenía mi cuaderno y mi lápiz proporcionado por el padre Teóforo, con el cual hacía rayitas, olitas y figuras que un niño de tres años puede hacer.

Allí también recibía de manos del cura Teóforo la recompensa que le daban a los niños que asistían a la escuela; los productos de CARITAS, aceite, leche, entre otros, que eran entregados como ayuda para los alumnos de escasos recursos, ya que todo el sector rural estaba en esa condición de vulnerabilidad.

Para mí su voz siempre la recuerdo como suave, jamás lo vi áspero. Su sencillez hasta hoy me impresiona, pese a que al momento de escribir la crónica no lo había visto por más de dos décadas.

Mi familia se vino al terminar la década de los sesenta a La Unión, por lo que mi relación periódica con él se terminó. Cuando yo tenía como 17 años, un verano, pasó a recogerme en el camino en circunstancia en que yo venía caminando del campo a la ciudad. Subí a su pequeña camioneta Chevrolet Luv color celeste. No me reconoció hasta que le dije que era el que le había tirado la barba y pateado, frente a lo cual se rió y me saludó con el cariño de siempre.

En 1991, luego de permanecer 29 años en la misión de Trumao, fue nombrado párroco de Quilacahuín, sin dejar de serlo en Trumao. En 1994 fue nombrado párroco en Misión Cuinco, ejerciendo al mismo tiempo en Trumao hasta que, definitivamente, en 1996 se queda solamente en la parroquia “Cristo Resucitado” de Cuinco, en la cual permaneció ejerciendo el sacerdocio.

CIUDADANO DESTACADO

Creo que los homenajes a las personas deben rendirse en vida. Y si hay alguien que se merecía un reconocimiento por su enorme labor social es precisamente el padre Teóforo de Jeu, porque gracias a su trabajo pastoral y social muchas familias de Trumao, Huillinco, Llaquito, Las Trancas, y otros lugares del sector costero, pudieron mejorar sus condiciones de vida recibiendo educación y ayuda social que era proporcionada desde Holanda para los más pobres de ese entonces, un tiempo en que los municipios no tenían las herramientas que hoy disponen para ayudar a la gente.

Para mí, es un ciudadano destacado, a quien jamás se le había reconocido su trabajo. Con su actitud hacia mi como niño, sembró algo importante como el afecto, el respeto y rompió la barrera de la distancia que siempre existe entre el clero y los feligreses.

Debo decir, para aclarar, que no soy católico, por lo que mi juicio sobre su vida y lo que él representa lo hago desde el mundo de los afectos y no de la religión. Muchos quizá no lo compartan, o le atribuyan errores en su vida. Pero, los hombres de Dios no son súper héroes -aunque así veía yo como niño a Teóforo- por lo que no están exentos de cometer errores, pero sí sé que él representa el alma, el espíritu de Trumao, que se perdió con su salida de ese lugar.

Creo que muchos comparten el cariño que yo le tengo a este curita que sembró en mí una huella de afecto que aún permanece en el tiempo. Le agradezco al Concejo Municipal de ese tiempo que le haya hecho ese gran reconocimiento. Agradezco que se hayan acordado del viejo curita de barba blanca y me hayan permitido volcar en esta crónica las remembranzas que tengo de mi infancia con este hombre bonachón, de los cuales ya casi no existen.

Teóforo de Jeu, se merece el reconocimiento que La Unión le otorgó, por todo lo que hizo. Agradezco el cariño que me entregó en la infancia y lo que sembró en mí. Ese día del reconocimiento le dije “soy el único que ha tironeado esa barba, pero prometo que esta vez no lo haré ni lo voy a patear”, al tiempo que le dije quién era y se rió. Tras ello le di un fuerte abrazo, que con mis pequeños brazos de niño y mi pequeña estatura nunca pude dárselo, ya que no podía alcanzarlo.

 Fotografía: Álbum familiar. Llegada del padre Teóforo a Trumao.