Egon Montecinos | Archivo

H emos visto permanentemente por distintos medios de comunicación, llamados a comprender las decisiones sanitarias, obedecerlas, y colaborar de manera individual y colectiva para salir de esta pandemia.

 

Por Egon Montecinos Montecinos
Doctor en Ciencia Política, director del Centro de Estudios Regionales UACh
y académico del Instituto de Administración de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Austral de Chile

No obstante, al centralismo que ha dominado la gestión de la crisis, se ha sumado últimamente una especie de clasismo territorial y falta de empatía, que podría terminar afectando a zonas como la Región de Los Ríos, que son atractivos turísticos y lugares de segunda o tercera vivienda, especialmente cuando se avecinan fines de semana largos.

En la implementación de las medidas de cuarentena, ha asomado este factor, que hasta ahora no había sido protagonista en la aplicación de políticas públicas de carácter restrictivo. Se trata de esta especie de clasismo territorial, que principalmente ha tenido como protagonista a santiaguinos, (aunque claramente no se puede generalizar, ya que algunos efectivamente pertenecen a otros territorios), que cada vez que hay un fin de semana largo o deben cumplir cuarentenas, se sienten con el derecho de abandonar su lugar habitual, no cumplir la norma restrictiva en su residencia, y como consecuencia, prácticamente invadir otro territorio para hacerlo.

Habitualmente deciden cumplir las normas restrictivas en su segunda o tercera vivienda, poniendo en riesgo a quienes los reciben, a trabajadores, dueños de almacenes y vecinos, constituyendo un evidente riesgo de contagio de COVID-19, al ser muchos de ellos asintomáticos y provenir de la región con mayor tasa de contagios.

Sólo recordemos lo que pasó en Semana Santa, feriados largos, y lo que probablemente nos espera para el 21 de mayo: personas que consideran que los “ahogos del encierro” no son para ellos y deben pasarlo en una segunda, o tercera casa fuera de Santiago, ya sea en la costa, en la pre-cordillera, o en un lago.

Esta condición de superioridad sobre el resto de los habitantes del país, refleja una falta de empatía incomprensible, autoasignada sólo por el hecho de poseer recursos o simplemente por vivir en un territorio que es considerado el centro político del poder.

Esto ha resultado una actitud temeraria para contribuir a disminuir el crecimiento y la expansión de este virus. No se puede comprender que a algunas personas les cueste asumir que quien los recibe en la segunda o tercera casa, se expone a riesgo de contagio, y que se vulnera el derecho a la salud y protección que todos poseemos.

Para la mayoría de los ciudadanos esto no resulta difícil de comprender, salvo para aquellos que se sienten con el derecho de invadir otro territorio -que no es su residencia habitual-, al cual evidentemente le asignan un valor menor.

Lamentablemente, seguiremos siendo testigos de cómo alcaldes y comunidades de territorios costeros o veraniegos, tienen que disponer parte de su tiempo y energía para salir a detener «la invasión», como la ocurrida en Semana Santa.

Al centralismo que ha vivido Chile a lo largo de su historia, ahora hay que agregarle esta condición de superioridad del que “vive en Santiago” por sobre «los criollos de regiones o provincias», dado que es el territorio que representa el poder y de quienes en definitiva “mandan”.

Ojalá que esta crisis sirva para fortalecer en el futuro inmediato a nuestros territorios, con atribuciones para que especialmente los futuros Gobernadores Regionales tengan competencias para enfrentar crisis venideras y no quedemos tan expuestos a depender de decisiones exclusivamente centralistas y sectoriales.

Así, al menos podremos exigir responsabilidad política a quien representa al territorio….en el territorio.