Rojas Vade: «… Los peores hombres»

Sobre Rojas Vade hay que hablar. De lo contrario nos perdemos reflexionar sobre el cáncer -también metafórico, obvio- que significa ver la política en dos dimensiones, desde el maniqueísmo de los buenos y malos, pueblo y no pueblo, justos y pecadores. Lo único transversal en la sociedad son los vicios, y es la dificultad de administrar esas falencias y además intentar articular hegemonías o lograr acuerdos lo que hace a la política un quehacer tan complejo.

Por Pedro Barrera

Abogado | columnista noticiaslosrios.cl

Que nos desayunemos una vez más es una profunda lección sobre que, contrario a lo que todos pensamos cuando vemos tele, la política actual sí nos representa en algo. De hecho, me atrevería a decir que la convención constituyente es tan representativa de nuestra realidad social que, pese a la esperanza de pureza, también posee una cuota de imbéciles, patanes, mentirosos y despreciables seres humanos que a la vez pueden llegar a ser articuladores, eximios dialogantes, y hasta históricos estadistas. Y bueno, eso es democracia, una dialogante colisión entre todos -o los que más se pueda- sobre qué hacer con el futuro. Lo que también incluye a “los malos”.

La representación ha sido la piedra angular de la política desde hace siglos, uno que la tecnología está haciendo tambalear. No obstante mientras no termine de morir habrá que asumir que no existe ese binarismo que obliga a pensar en que todo lo que se autocalifique bueno lo es, y todo aquello que es sancionado como malo, lo sea. La realidad es que así como todos intentamos saltarnos la fila del supermercado avivándonos, cuando nos toca ejercer poder es probable que cedamos ante la negociación ética y la matemática moral. Es ese transversal e ineluctable estigma, propio de toda la especie humana, lo que hace a la política una cuestión de mucha densidad y no una actividad simple que puede ser resuelta solo con sentido común. Cualquiera que quiera resolver esto con Izquierda es igual bueno, derecha es igual malo, no tiene idea de lo que habla.

Ahora bien, la indecente y cínica defensa de las élites políticas que algunos han intentado a partir de Rojas Vade no es más que otra escaramuza de una clase decadente, digo, además de una audacia desvergonzada. Créame, la institucionalidad de los partidos tradicionales no impediría que un affaire como el de Rojas Vade ocurra en sus filas. A lo mucho, nunca nos enteraremos.

El punto es que este mañoso caos ha devuelto a la cabeza de todos la duda. Y no hay nada más sano que eso cuando se habla de lo público. La duda sobre la política es un avance, al menos no es indiferencia, no es anomia. No se trata de olvidarla porque sus integrantes son ímprobos o sinvergüenzas, que los habrá siempre. Lo esencial es no dejar de ver, rever, y recontra ver, pues no hay nada más relevante que qué hacen aquellos que deciden el futuro de todos.

Resulta curioso que un órgano constituyente tan moderno en su configuración nos devuelva a una reflexión tan antigua como la de Platón, porque incluso hoy el precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres. Es más, a veces aunque nos ocupemos de ella, los peores hombres acaban gobernando igual porque salvo los que sufren una desquiciada egolatría, todos somos -o podemos llegar a ser- esos peores hombres.

Lo cierto es que no existe lo puro, ni lo perfecto, ni lo incólume. La realidad está torcida y manchada no al margen de nosotros, sino porque nosotros la creamos. Y en ese escenario hacer política moralizando es simplificarla, reducirla al cotilleo. Pero hay que hacer política pese a eso, o con eso. Lo útil se construye y puede venir de cualquier lado, por eso es importante dialogar para comprender.

En esta era donde todo se degrada, donde los compartimentos cuadraditos se vuelven líquidos, donde los héroes caen todos los días, y donde es tan fácil calificar de enemigo al que es deshonesto como queriendo ‘netear’ nuestra propia deshonestidad, hay que asumir las incongruencias y los errores como algo inevitable, quizá desde esa sinceridad y un poco de rebeldía -o constricción según el caso- lleguemos a un acuerdo funcional.

Rojas Vade mintió y no será ni el único ni el último, la pregunta es qué hacemos después de la vergüenza. Y aunque siempre hay una superioridad moral implícita en decir que no hay moral, no existen las soluciones mágicas, ni las fórmulas brillantes que resuelven todo pues los vicios de la política son los vicios de la ciudadanía. Lo que queda es esa vieja, rutinaria y esquiva tarea: Volver a dialogar, esta vez con menos moralina y un poquito más de mesura… Y no hay nada más difícil que eso.

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