Nuestra misión: sanar desde el corazón

Por Dr. Franco Lotito C.  Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)

Sin que importe mucho, si se es una persona rica o pobre, hombre o mujer, o el tipo de religión que profese la persona, una cosa debe quedar clara, a saber, que la capacidad que tiene un individuo para “conectarse” con su mundo interno, es el punto clave que nos ayuda a crecer, a vivir mejor y en armonía como seres humanos y, de manera especial, a sanar desde el corazón. De ahí también, una segunda frase que nos llega por boca del matemático y filósofo francés Blaise Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no conoce”.

En nuestro cuerpo existe una suerte de “inteligencia rectora” que conduce –si se lo permitimos– a la salud y al bienestar. Los expertos coinciden en destacar que los seres humanos somos los únicos seres que habitan la Tierra que somos capaces de modificar nuestra biología por medio de aquello que pensamos y sentimos, por cuanto somos una unidad psico-física-espiritual, en función de lo cual, cada uno de los componentes ejerce su influencia –ya sea de manera positiva o negativa– sobre los otros dos. El cuerpo humano, es una maravillosa máquina que representa lo mejor de la industria farmacéutica: produce tranquilizantes naturales, endorfinas relajantes, elementos anti cancerígenos y toda clase de medicamentos que la persona necesita y, además, los “despacha” gratis, en la dosis perfecta y adecuada para cada uno de nosotros.

La bioquímica del cuerpo es el producto resultante de nuestra conciencia activa, por cuanto, las creencias, pensamientos y emociones que nos caracterizan, producen reacciones químicas específicas que permiten dar el sustento necesario a todas nuestras células. De ahí que se hable de una “inteligencia rectora”, instancia a la cual deberíamos prestar un mayor grado de atención, con el objetivo final de escucharla y dejarnos guiar por ella.

Todo ser humano está en condiciones de vivir más de 90 años de manera lúcida y en buenas condiciones físicas, siempre y cuando sea capaz de prevenir accidentes cardio y cerebrovasculares, diabetes, hipertensión arterial, cáncer y otras enfermedades que son provocadas por algunos de los enemigos más importante del siglo XXI: el estrés, la ansiedad, el sedentarismo, una mala dieta. Otro de los grandes enemigos es la insatisfacción laboral, a raíz de la cantidad de gente que se enferma y muere a causa de este factor.

Los estudios del Dr. Deepak Chopra muestran que muere más gente los días lunes que en cualquier otro día, de modo que la asociación mental entre insatisfacción laboral y muerte, se vuelve muy clara. Por otra parte, son muchos los pacientes que se quejan de que ellos comienzan a experimentar diversos tipos de malestares –dolores de cabeza, trastornos estomacales, ansiedad, angustia, insomnio, etc.– con sólo pensar que el día lunes deben ir a trabajar nuevamente y encontrarse con el jefe –y el ambiente– tóxico en el que trabajan.

Ahora bien, hay ciertas leyes espirituales –o del corazón, si se quiere– que si se siguen, permiten a las personas estar en armonía con uno mismo y con el universo, y por esta vía, estar en condiciones de materializar aquellas cosas y objetivos que anhelamos íntimamente:

1. La ley de la potencialidad: todos nosotros somos pura potencialidad, en función de lo cual, representamos un número infinito de posibilidades, y cada día –si lo intentamos seriamente–, estamos en condiciones de sacar a la luz rasgos que desconocemos tener. La manera de activar estas potencialidades, es a través de la práctica de la meditación. Al respecto, la neurocientífica Sara Lazar de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard encontró claras evidencias científicas de que la práctica de la meditación se asocia con una disminución del estrés, la depresión, la ansiedad, el dolor, el insomnio y una mejor calidad de vida, al mismo tiempo que altera físicamente el cerebro humano, después de sólo ocho semanas de meditación.

2. La ley de dar y recibir: si alguien desea algo, es la persona misma, quien debe ser la primera en iniciar el proceso de dar, con el fin de poder, posteriormente, recibir. Hay que dar aquello que se desear recibir. Si la persona desea amor, amistad, dinero, etc., entonces debe comenzar a dar cada una de estas cosas. Todo lo que es valioso en la vida, se multiplica al darlo. No obstante lo anterior, si al dar, la persona siente que está perdiendo algo, ese “regalo” es inútil, porque no es verdadero, no es algo “sentido”, por lo tanto, no va a tener una “devolución incrementada”. La intención debe ser siempre dar para crear felicidad, sin condiciones y desde el corazón.

3. La ley de causa y efecto: cada acción genera una energía que regresa a nosotros en la misma forma, fuerza, cantidad y calidad. De ahí el dicho que señala que uno cosecha lo que siembra: “Siembra vientos y cosecharás tempestades”, razón por la cual, debemos estar alertas y evitar acciones contraproducentes. Para tomar decisiones que sean correctas, hay que escuchar a nuestro centro emocional (corazón) más que a nuestro centro racional (cabeza). En este sentido, a menudo debemos escapar de la necesidad y el deseo de manipular y controlar a quienes tenemos en nuestro entorno, por el peligro de quedar atascados en este objetivo… hasta que los otros se den cuenta de nuestra intención, con lo cual, perdemos la credibilidad y capacidad de influir en la conducta de quienes decimos amar y valorar. Asimismo, hay que respetar la regla de oro –o regla áurea– de la antigüedad: “Trata a los demás como tú querrías que te tratasen a ti”.

4. La ley de la aceptación: ello implica la aceptación de que cada momento que vivimos está bien en cómo se da, por cuanto esto nos obliga a: (a) asumir la responsabilidad de aquello que hacemos y sus consecuencias, (b) no buscar chivos expiatorios, con el fin de culpar a los otros por aquello que nos sucede, (c) no gastar toda nuestra energía en defender nuestros puntos de vista ante sujetos que son refractarios a todo argumento que podamos expresar. Si logramos poner en práctica esta ley, entonces seremos capaces de vivir nuestro presente con alegría y satisfacción.

5. La ley de la intención y el deseo: esta ley se basa en el hecho que la energía existe en la naturaleza. Nosotros podemos modificar nuestros pensamientos, hábitos, emociones, deseos, creencias y, asimismo, podemos cambiar el mundo que nos rodea. Esto es factible por medio de la atención y la intención que ponemos en cada ocasión: la atención energiza, en tanto que la intención transforma. Cuando se pone atención sobre algo que nos interesa, ese “algo” adquiere un mayor relieve, y luego la intención desata la transformación de la energía, con el fin de lograr aquello que deseamos.

6. La ley del propósito (o sentido) de la vida: cada ser humano tiene un propósito en la vida, cada uno de nosotros tiene talentos únicos y singulares que debe colocar al servicio de la gente. Nuestra misión es buscar nuestro ser, nuestra identidad, nuestro propósito, ya sea a través de la meditación, o bien por otros medios y caminos, con el objetivo de descubrir nuestros talentos y determinar cómo podemos poner estos talentos al servicio de la comunidad y, por extensión, al servicio de la humanidad. Incluso más: hay un principio en la biblia que se complementa con lo anterior y que señala lo siguiente: “El hombre que no vive para servir, no sirve para vivir”. En el momento mismo que descubrimos cuál es nuestro propósito o sentido en la vida, ello nos entrega un alto nivel de satisfacción y nos hace más alegres y más plenos como personas, generando, en definitiva, pasión por la vida.

Todo esto, en definitiva, es el equivalente a lograr… la sanación desde el corazón.

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