Camilo Gómez | Columnista de @noticiaslosrios

E n su libro La República, Platón nos cuenta el mito del “El anillo de Giges”, la historia de un pastor llamado Giges que encontró, en medio de una tormenta, un cadáver que tenía un anillo de oro en su mano. El pastor se quedó con él y descubrió que había una poderosa magia en el anillo que cuando lo giraba le permitía hacerse invisible. Con ese poder, el pastor se dio cuenta de que podía acceder a cosas que normalmente no podría y así seduce a la reina y con su ayuda termina matando al rey para apoderarse de su reino.

Por Camilo Gómez
Abogado

Con esta historia se quiere representar el cómo las personas cuando no son vistas – o fiscalizadas – tienden a corromperse y actuar de manera contraria a la ley, la ética o lo que podríamos llamar el bien común, priorizando el egoísmo sobre el bienestar de la comunidad.

Al parecer, eso es lo que hemos visto en el momento más crítico de la pandemia, cuando hemos superado los 8000 casos diarios y con nuestra comuna, que no ha logrado superar la fase 2 desde que la crisis sanitaria se instalara en La Unión. Las noticias no son para nada alentadoras: fiestas clandestinas (algunas organizadas por autoridades inclusive), personas que se niegan a respetar los aforos, la distancia física mínima o el uso de una simple mascarilla, el uso de los permisos y algunos candidatos que, obviando todo respeto por la seguridad propia y de los vecinos, siguen besando y abrazando a los ciudadanos para sacarse la foto que de la sensación de mayor apoyo posible.

Cuando nos volvemos invisibles a los fiscalizadores, parece que ya no hubiera pandemia, o a lo mejor asumimos que si nosotros nos relajamos no importa, son los demás los que deben cuidarse y nos ponemos el anillo mágico del anonimato y ponemos en riesgo no solo a nosotros mismos, sino a todo nuestro entorno, a quienes queremos e incluso a los que por casualidad comparten espacios con nosotros.

Lamentablemente en nuestra comuna ya van decenas de muertos, más de treinta personas que es el equivalente a que un bus chocara y murieran todos los pasajeros. Si eso pasara, sería noticia mundial, pero acá parece que no importa, pues mueren en hospitales o en sus casas, atendidos por sus angustiadas familias o por el exhausto personal de salud que lleva más de un año lidiando con una crisis diaria.

Ciertamente, la crítica no es para aquellos que en razón de la necesidad tienen que salir día a día a rebuscarse los ingresos de la jornada para subsistir (porque las medidas adoptadas por el gobierno no han ayudado tampoco a aliviar esta urgencia), sino respecto a quienes sin la necesidad de aquello, se exponen sin los resguardos mínimos siquiera a actividades sociales, carretes, o paseos dándole la razón al mito del Giges de que parece que cuando nadie nos ve, el egoísmo nos gana.

Cicerón, por otro lado, planteaba este mito de manera distinta, diciendo que una persona sabia y espíritu noble, es capaz de actuar honrada y virtuosamente aun si nadie lo ve, aun con el anillo de Giges puesto, pues entiende la necesidad de toda la comunidad de que cada uno cumpla con su parte y que a la larga eso también nos beneficia.

Hoy, en medio de la parte más crítica de esta pandemia no es razonable esperar a que cada persona tenga un fiscalizador caminando a su lado, sino que como Cicerón, esperaríamos que seamos lo suficientemente nobles, para entender que asumir un deber con los otros – no con el gobierno, sino con nuestros vecinos – es una necesidad cada vez más imperiosa, cada vez más urgente, porque tenemos una catástrofe desatada en una mano y en la otra un anillo que cuando nos volvemos invisibles nos obliga a preguntarnos ¿qué pasará si nadie se cuida?