H ace menos de dos semanas, Sebastián Piñera se jactaba de la estabilidad de nuestro país en relación a Latinoamérica. Pero Chile es estructuralmente el mismo de hace dos semanas, igual de injusto, desigual y mercantilizado hasta las entrañas. Lo que cambió en unas cuantas horas fue la cultura política o mentalidad de la gente, como guste llamarle.

       

Por Patricio Contreras
Administrador Público, Licenciado en Ciencias Políticas, Magíster en Gerencia Social

Todas las injusticias acumulan malestar en las personas, como una olla a presión, hasta que colapsa por algún hecho en particular. No fue el alza del metro. Los chilenos estamos acostumbrados a las alzas y en el mejor de esos casos una furiosa opinión por redes sociales nos autocomplace. Lo que liberó el malestar fue la represión policial sobre los estudiantes secundarios que evadían los torniquetes del metro. A esos cabros bonitos que estaban luchando por todos y por mucho más que un alza de tarifa, posiblemente tu hermano/a menor, hijo/a o nieto/a.

¿Qué harías si fuera tu hijo/a? La existencia del Estado se funda en la siguiente ecuación: Nos sometemos a sus normas (leyes e impuestos), Él nos protege. El encargado de protegernos, se convirtió en el violento agresor. Esto tampoco es nuevo, las Fuerzas Especiales son «especialistas» en el abuso, lo nuevo es que el Gobierno, sin estatura moral, partiendo por el Presidente, criminalizaron la evasión y dieron rienda suelta a la violencia uniformada. En vez de escuchar, dialogar, ceder … apagaron el fuego con parafina, la bencina se ocuparía más tarde.

Consiguieron despertar el malestar, abundaran las marchas, cacerolazos y manifestaciones varias. No sólo el alza, sino todas las demandas ciudadanas, TODAS. La fórmula de «reprimir con energía» propuesta por Insulza y que el Gobierno adoptó con pasión: Fracasó. «Hay que solucionar esto inmediatamente» seguro fue lo que se dijo en La Moneda con reiteración y como si todos los fantasmas del pasado reaparecieran: Estado de excepción, militares a la calle.

Del Oasis latinoamericano, retrocedimos al Chile de Pinochet. La policía y el ejército, los encargados de nuestra protección, en la vereda opuesta de quiénes exigen terminar las injusticias. De tiempos mejores pasamos a tiempos difíciles, y ahora ¿Quién podrá defendernos? Las instituciones del Estado, no. Son horas claves, los ciudadanos no pueden combatir ejércitos, sería una masacre que no queremos presenciar, pero podemos aprovechar este malestar y encausarlo en sacar a los defensores del 1% más rico del país que tienen tomada La Moneda.