Pedro Barrera | noticiaslosrios.cl

N o me dejarán mentir, ya empieza a notarse que el próximo año habrá elecciones. El bombardeo mediático de los potenciales candidatos, su exposición en RRSS, las visitas y ayudas muy oportunas y bien intencionadas, todos parecen diligentes. Hasta sonríen más las autoridades. Qué bien funciona todo, qué atentos, cuanta diligencia. Y es que ante la cercanía del escrutinio público algunas autoridades tienden a recuperar la calidez, la prestancia y la rapidez buscando quizá maquillar en poco tiempo lo que no se ha hecho. El objetivo es dejar un buen sabor de boca y utilizar eso como impulso electoral.

   

Por Pedro Barrera
Abogado | Columnista noticiaslosrios.cl

Lo que nadie parece preguntarse es qué tan ética es esta forma de hacer política, aquella que privilegia el marketing por sobre una gestión de contenido que gravite efectivamente en la vida de las personas. Parece haberse impuesto una lógica en que las noticias tienen más importancia política que los hechos propiamente tales, donde importa más la fotografía que lo que efectivamente se hace.

Lo que ocurre debe ser descrito como una consecuencia de la degeneración de la acción política hacia un acto estratégico de publicidad. Ya no importa qué piensa el candidato, o el ciudadano, ni sus propuestas, ni mucho menos su capacidad de materializar lo propuesto con equipos adecuados. En la política de hoy importa más generar un impacto visual, explotar las sensaciones, las emociones. Se ataca la fase menos racional del público objetivo, quizá porque ante un filtro racional y detallado, muchos políticos y postulantes no darían la talla. Hoy, tristemente, vale más un hashtag del cliché que motivar el acuerdo de voluntades tras un proyecto realizable y constatable.

¿Recuerda usted aquella vez que compró un producto que en televisión hacía maravillas pero al llegar a casa y usarlo era tan inútil que acabó en el cajón de cachureos?. Este mecanismo es esencial en el mercado. Esa gaseosa no acaba con nuestra sed, ese desodorante no nos hace irresistibles ante el sexo opuesto, esa prenda no nos queda como al modelo y aun así lo compramos. La función de la publicidad es alterar la percepción con el solo objetivo de que el receptor actúe impulsivamente. Y si esto pasa en la política, comienza la crónica de un fracaso anunciado.

Como ciudadanos debemos asumir esta realidad. Pasó en EEUU con Trump, pasó en UK con el Brexit, pasa en Chile con Kast y, créame, pasa también a nivel local. Debe entender el lector que cada vez que vemos a una autoridad aparecer en Facebook es porque este ha pagado publicidad diseñada especialmente para un grupo, que cada fotografía tiene un objetivo secundario, que cada comentario viraliza contenido, que muchas noticias están pensadas únicamente para explotar la fase más emocional del individuo.

En la política de hoy, el ciudadano no es un ente incidente sino un target, un consumidor al que hay que venderle una idea. Así, en la práctica se produce una paradoja inquietante pues los medios, las redes, internet, la radio y la televisión socializan cantidades industriales de información rotulada como política, sin embargo, esa información es trivial y superficial. No fomenta el debate, no inquieta ni estimula la perspectiva crítica.

Algunos no ven aquí un problema y es obvio que los candidatos deben darse a conocer, pero la política no es una coca-cola, la democracia no puede reducirse a un “quien se ve mejor”, o lo que es peor, “quién aparece más”. Y si lo hace, el último bastión de criterio es la ciudadanía. La política es el medio con el que organizamos nuestra realidad social, por eso es fundamental que su tratamiento sea racional y rechace las dinámicas de la publicidad.

El llamado es el de siempre, urge repensar los mensajes políticos que se nos arrojan. Ejercitar la sospecha crítica y la duda analítica respecto de quienes añoran ejercer el poder político. No sea cosa que de vuelta en casa y habiendo quitado el envoltorio, ese político no sea lo que el anuncio decía.