Por Bernardo Berger Fett
Diputado de la República

La crisis de la carne brasileña ha sido más que un hecho aislado y pasajero. Ha puesto en evidencia la fragilidad de la seguridad alimentaria chilena, lo que plantea el desafío consiguiente de mejorar las políticas e instrumentos de incentivo a la producción interna si no queremos que nuestra dotación alimentaria dependa de los aciertos o desaciertos de proveedores extranjeros.

No se trata de plantear un retorno al proteccionismo. Ello está descartado de plano. Es simplemente restablecer el equilibrio –si es que alguna vez lo hubo- brindando mejores oportunidades e instrumentos de competitividad a nuestros productores.

Y es que la crisis de la carne no solo puso en jaque la disponibilidad del producto en el mercado para consumo interno, sino que dio cuenta de que el trato no es igual para importadores y exportadores a la hora de revisar barreras y facilidades sanitarias, arancelarias y de producción.

Aquí el tema es claro: se requieren nuevos incentivos a la producción nacional si no queremos que en el futuro no sea atractivo producir carne en Chile, o simplemente que desaparezca el mercado por ser insostenible económicamente. Y para ello es urgente explorar subsidios, incentivos tributarios, facilidades crediticias, promoción de fuentes alternativas de energía, forraje y regadío, apoyo a la certificación, transferencia tecnológica.

Lo de las carnes se repite en otras áreas sensibles del agro como la leche y el trigo, respecto de las que es necesario revisar cuáles son las reglas del juego al interior del país para apoyar la producción, tanto para poder competir en el extranjero, pero fundamentalmente para garantizar que dicha producción no muera a futuro.

Chile está a tiempo para revisar los equilibrios y los niveles de dependencia de las importaciones porque si seguimos por esta línea, abandonando a su suerte a nuestro productor nacional y auto-infringiéndonos condiciones de exportación dispares, lo que estamos haciendo en buen chileno es obligar al agro local a dejar el rubro.

Por tanto, urge que en lo que le queda a este gobierno éste empiece a escuchar al mundo agrícola y ganadero. Si no entendemos el sector con un criterio de seguridad alimentaria y sostenibilidad futura, y si seguimos dependiendo casi exclusivamente del extranjero en escenarios de competencia dispar, le estamos poniendo la lápida a nuestros productores.