Por Cristian Omar Valerio
Sociólogo

Cuando orientamos nuestra vida interior hacia algo específico, de manera que nuestra atención se centra en aquella especificidad, estamos frente a un acto de conciencia. Dicha vida interior puede ser intencionada hacia sí misma y hacia el exterior, o sea, se puede tener conciencia de la propia existencia individual y la del entorno ya sea tangible o no. El asunto es que la conciencia por sí sola tiene un valor limitado, en la medida que ella no es un elemento suficiente para llevarnos a concretar un acto creador (o destructor). Es aquí en donde emergen las consideraciones para subsanar aquella insuficiencia, las que nos refieren al concepto de voluntad. El cual alude a un particular tipo de deseo, aquél que tiene tal fuerza que se transforma en un motor que nos impele a concretar acciones. Lo que, en definitiva, nos señala la mutua necesidad que se plantea entre ambos conceptos.

La vida es un flujo incesante, un devenir continuo (que para muchos permanece tras la muerte), lo que implica una espiral sin fin de acciones; a nivel pensante, sintiente, discursivo o de concreción material. Si consideramos que el derecho a vivir una vida plena y digna es el único que traemos al nacer (mencionado en una columna anterior), esto se relaciona, entonces, con nuestro derecho humano a un accionar constante que tienda hacia y se inserte en la plenitud y dignidad ya mencionadas. Para tal efecto, es necesario desarrollar diversos niveles de conciencia respecto a lo que somos como individuos y respecto a aquello que nos rodea (intencionar nuestra interioridad hacia “dentro” y hacia “fuera”). A medida que nuestra visión de las realidades, su claridad, atención y enfoque, va en aumento, son mayores las posibilidades de entender las mejores acciones que debemos realizar para mantenernos en aquella plenitud y dignidad.

Ahora bien, podemos tener una elevada conciencia referida a las acciones que permitan o faciliten el más adecuado desarrollo para nuestras vidas, sin embargo, si no tenemos el deseo profundo y potente para llevarlas a cabo, es decir, si no tenemos la voluntad, difícilmente se llegará a un fin concreto. Podemos fijar nuestra atención, sin entorpecimientos, en nuestras emocionalidades y racionalidades y así darnos cuenta de aquello indispensable para satisfacer nuestras necesidades como individuos. Sin embargo, la acción concreta requiere de una fuente dinamizadora, algo que nos entregue la energía y fuerza para “hacer realidad” aquello que nuestra conciencia nos presenta. Es decir, necesitamos voluntad.

Como ejemplo podríamos considerar la conciencia ambiental, que nos refiere a una valoración de nuestro medio ambiente (concepto ya tratado). No cabe duda de la fundamentalidad de fijar nuestra más íntima atención a nuestro entorno material e inmaterial. Es de suma importancia lograr visualizar con claridad que, si continuamos con este ritmo destructivo del planeta, no tendremos aquel sustrato para satisfacer cualquiera de nuestras necesidades. Es bastante obvio que si destruimos el planeta desaparecerá lo que conocemos como “humanidad”. Todo bien hasta este punto, la circunstancia problemática se presenta llegado el momento de realizar acciones concretas en pro del medio ambiente. Esto se entiende en la medida que es bastante más complicado forjar lo que podríamos denominar “voluntad ambiental”.

Las campañas para generar conciencia están condenadas al fracaso si no consideran, de manera explícita, la generación de voluntad. En este mismo sentido político, no es muy complicado tener una conciencia política, pero “harina de otro costal” es la generación de voluntad política. Desde cualquier perspectiva, ya sea, de niveles o de relaciones internas/externas, no pueden realizarse consideraciones aisladas de la conciencia. Por sí mismo este concepto y su vivencia no implican una acción. Quizá al lograr un estado de conciencia nos acercamos a ella, pero no la concretamos hasta tener la voluntad suficiente para ello.