Por Camilo Gómez
Columnista noticiaslosrios.cl

Como una anécdota curiosa podríamos catalogar la imagen de la semana pasada del Presidente de la República colgando frutas en los árboles del Patio de los Naranjos del Palacio de la Moneda para que estos se vean más cargados. Más allá de las críticas que pudieran formularse entorno a este hecho llama poderosamente la atención un aspecto que muchos podrían considerar propio de la cultura chilena pero que podríamos considerar transversal a la cultura occidental contemporánea: la necesidad de guardar las apariencias.

El desarrollo de este fenómeno suele ser el mismo. Una sociedad que comienza a aumentar su capacidad de consumo – como nuestro país en los años 90’ y siguientes – se vuelve vulnerable a una idea de éxito asociada al consumo y que el marketing se encarga de reforzar para apuntar hacia las apariencias y lo que se proyectan en ellas. Por ello no extraña encontrar slogans como “la felicidad cuesta menos” cuando en realidad lo que adquirimos en la tienda es una plancha o un televisor nuevo, y cualquiera que apunte con una mirada fría hacia estos objetos podría concluir que una plancha o un televisor son objetos útiles, no son ni de cerca la imagen mental de la felicidad.

La idea contemporánea del éxito, basada en el individualismo, ha generado esta carrera incesante hacia la imagen definitiva del vencedor: un teléfono de marca específica, o un auto de lujo o una ropa con vistosos logos que demuestren su alto valor. Podríamos decir, citando al filósofo contemporáneo Zygmunt Bauman, que en este proceso busca “poseer y exhibir en público artículos con la etiqueta y el logo correctos comprados en el establecimiento correcto es principalmente una manera de obtener y conservar el nivel social que defienden o al que desean aspirar.  El nivel social no significa nada menos que sea reconocido socialmente es decir a menos que la persona en cuestión reciba la aprobación del tipo adecuado de sociedad y se ha considerado legítimo merecedor de pertenecer a ella de ser uno de los nuestros”. En otras palabras, construir una identidad: Pertenezco a tal grupo social en función de las cosas que puedo comprar o puedo mostrarle a los demás para que me reconozcan como parte.

El problema resulta de que esta búsqueda de forjar identidad a través del nuevo Iphone o las fotos de las vacaciones, lejos de acercarnos a un mundo de felicidad, muchas veces nos arroja a un estado de ansiedad permanente por permanecer en esta imagen autoconstruida, en una carrera que no tiene fin, porque en el momento que nos compramos un Mercedes, pasa junto a nosotros alguien con un Ferrari y nos sentimos nuevamente caídos en la derrota de la escalada del consumo. Es donde el fenómeno del arribismo logra su más claro ejemplo, hacer lo imposible por escalar en la pirámide social, aunque sea únicamente en apariencia. Y de esta ansiedad y desesperación surgen aspectos extremandamente oscuros de las personas, Bauman agrega “[Las marcas] prometen hacerte “mejor que” y por tanto capaz de abrumar, humillar y empequeñecer y disminuir a otros que han soñado con hacer lo que tú has hecho pero que han fracasado”. Por ello no es extraño ver videos en redes sociales de personas que asumiendo que su status social es más alto, pueden permitirse gritonear e insultar a los trabajadores de las tiendas que frecuentan.

Curiosamente, algunos bromean con la idea de que el dinero no hace la felicidad, sino que la compra hecha. Y, si bien es cierto, el dinero o los bienes en general permiten satisfacer las necesidades inmediatas de los individuos, una vez que estas se encuentran satisfechas, es bastante poco lo que el dinero a través de la ostentación puede hacer por nosotros. Un estudio comparativo realizado por Richard Layard entre países con distintos PIB, dio como resultado que los países con un producto interno bruto menor a 10.000 dólares anuales eran mucho más “infelices” que los que tenían un valor mayor, es decir, menos dinero hace una sociedad infeliz. Sin embargo entre los países con un PIB de 20.000 dólares y uno de 35.000 no había mayor diferencia entre la satisfacción de sus ciudadanos. Esto parece indicar que el dinero solo hace la felicidad hasta que tenemos nuestras necesidades mínimas cubiertas y luego de eso, los factores que inciden en ello son otros, que cada lector podrá imaginar desde su experiencia.

Por ello, en el frenesí de la vida contemporánea, no nos debería extrañar ver al Presidente de la República cargando de naranjas los árboles para que no se note pobreza, pues es el reflejo de una sociedad o tal vez un mundo, que ha rendido su ordenamiento a la imagen, en que el árbol con más naranjas es mejor aunque las de otro sean más dulces. Quizás por ello, en este punto sería interesante mirar hacia el pasado, a sabidurías lejanas en el tiempo, pero de vigencia indiscutible, como la de Epícteto, padre de la escuela filosófica de los estoicos quien nos dice que “si vives conforme a la naturaleza, nunca serás pobre; si lo haces conforme a la opinión, nunca serás rico”.