Por Camilo Gómez
Columnista noticiaslosrios.cl

La marcha feminista por el aborto libre nos dejó uno de los incidentes de violencia política más vergonzosos del último tiempo con el ataque de quienes serían un grupo de neonazis en contra de algunas manifestantes y un carabinero.

Más allá de las razones de la movilización convocada y que una persona pudiera estar legítimamente a favor o en desacuerdo con las reivindicaciones propuestas, es necesario poner sobre la mesa cuáles son los niveles de violencia que estamos dispuestos a tolerar en torno a los debates ideológicos que se nos presentan frente a las más diversas circunstancias sociales.

Así, frente al conflicto de ideas – a favor o en contra del aborto, izquierdas o derechas, liberales o conservadores – el concepto de poder se vuelve esencial. Si bien, muchos teóricos y filósofos de las más diversas áreas han descrito el fenómeno del poder, la definición más simple podría ser la planteada por Voltaire al decir que “el poder consiste en hacer que otros actúen como yo decida”.

Parece intuitivo y por esa simple razón es tan relevante para un movimiento, cualquiera este sea, lograr el poder, pues de esta forma se puede imponer a los demás la propia cosmovisión y dirigir el porvenir de un grupo humano – normalmente un país – hacia los fines que a uno le parezcan más razonables.

Sin embargo, en este punto es donde aparece la violencia, como una forma de lograr esta imposición ideológica para los demás, donde el principal argumento no es la palabra sino, como en el caso de la marcha feminista, es un cuchillo y en vez de buscar convencer al otro, se busca atemorizarlo para que pierda la voluntad de poder y se muestre dispuesto a obedecer, como la persona que entrega su billetera ante la imagen de una pistola en manos de quien lo asalta.

Pese a esto, se debe dejar en claro que la violencia no es igual al poder pues, como señalaba Hannah Arendt – una de las pensadoras más influyentes de la filosofía política del siglo pasado – se alimentan de elementos bien distintos, siendo uno de los más relevantes el número.

Así, mientras la forma más extrema de la violencia es la de una persona contra la multitud, por ejemplo, una toma de rehenes, una dictadura o un cartel criminal, la forma más extrema de poder es la multitud contra una sola persona, como puede ser la democracia, la revolución francesa o una revuelta de esclavos. Por lo que resulta muy relevante decidir como colectivo social en cuál de los dos fenómenos vamos a depositar nuestras confianzas.

Si nos referimos a un país como un grupo de personas organizadas de determinada manera que busque satisfacer el bien de todos sus ciudadanos o, en otras palabras, el bien común, será esencial lograr acuerdos en que el número, o la mayoría, sea quien pueda dirigir la toma de decisiones en favor de la colectividad debería ser la aspiración de este. Es por eso por lo que nuestro presidente es quien obtiene la mayor cantidad de votos en una elección y no el que golpea más fuerte a sus contendores.

Por esta razón no podemos tolerar que la violencia marque la agenda de las decisiones de nuestro país, donde un puñado de personas con barricadas y puñales se sientan con el derecho a apuñalar a personas de entre miles que manifestaban una posición y que la discusión no se plantee en el estadio del debate de las ideas. Máxime, si se trata de grupos de presión de tendencias fascistas que nos recuerdan la peor cara de nuestra historia mundial reciente.

Finalmente, la intolerancia será siempre un catalizador de la violencia y en la medida que entendamos que vivimos una época en que el status quo está en permanente cuestionamiento y que estos debates se han de sostener todo el tiempo, viviremos a merced de la violencia. Por ello, resulta mucho más recomendable que se manifieste el poder, a través de la contraposición de ideas, del debate respetuoso, de alzar la voz y no las espadas, pues de otra forma siempre estaremos en la disyuntiva entre el poder y la violencia o lo que es lo mismo, entre ponernos de acuerdo o cortarnos las gargantas.