Por Dra. Claudia Contreras
Educadora de párvulos – Psicóloga
Instituto de Ciencias de la Educación UACh

Desde hace unas décadas, cada 8 de marzo, se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Aun cuando hay controversia respecto a la definición de esta fecha, es sabido que se ha reservado en homenajea distintos colectivos que alzaron la voz por los derechos políticos y laborales de las mujeres, constituyendo hitos históricos en estas materias, los cuales además impulsaron transformaciones importantes, como el derecho a voto y la licencia maternal.

También, dentro del trabajo desarrollado por la ONU se identifican otros hitos relevantes como el reconocimiento internacional de este día (1975), y la aprobación de la CEDAW (1979), la cual fue ratificada por Chile (1989).

A pesar de los diversos avances en leyes y políticas públicas, las mujeres continuamos siendo objeto de discriminación y violencia. En tal sentido los esfuerzos son todavía insuficientes. En nuestro contexto y aun cuando se reconoce que la violencia hacia las mujeres perjudica la capacidad social y política del ser humano, Chile mantiene deudas de género, como la paridad en altos cargos o la mejora en los resultados educativos que mantienen brechas.

Como parte de la lucha por el respeto a sus derechos, este año se ha convocado a una huelga internacional. Dicha movilización se origina en laurgente necesidad de acabar con la desigualdad de género y la violencia ejercida hacia las mujeres, cuyas cifras y expresiones se mantienen a pesar del trabajo realizado desde los movimientos feministas y los cambios en las leyes.

Este llamado a huelga se sustenta bajo cuatro ejes críticos: laboral, educativo, de consumo y de cuidados, lo cual evidencia problemáticas dominantes en relación al ejercicio de los derechos de las mujeres: brechas salariales y en resultados educativos, feminización de la pobreza y de los cuidados a terceros.

En este ámbito, la contribución de la sociedad civil y en especial de las universidades, resulta fundamental para avanzar en la construcción de una sociedad más justa, así como en el desarrollo de una conciencia crítica sobre los problemas que enfrentamos las mujeres.

Asumir estos desafíos implica llevar a cabo experiencias trasformadoras que impulsen el cambio sobre los papeles que tradicionalmente han desempeñado hombres y mujeres, y desde allí ofrecer visiones distintas para una sociedad más igualitaria.

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