Por Camilo Gómez

Hay personas que muchas veces se ven atrapadas por su realidad y ante la incertidumbre, el miedo, la escasez o la violencia deben dejar el hogar que conocen y partir en búsqueda de un porvenir mejor a miles de kilómetros de distancia, sin conocer la cultura, ni el idioma, ni que le deparará el futuro. La única certeza es que no se puede estar peor.

Así pasó en nuestras tierras hace más de un siglo y medio cuando los colonos alemanes llegaron a nuestras costas en busca de la promesa de un nuevo futuro y en todo Latinoamérica procesos similares se han visto, donde asiáticos, árabes y europeos se han enfrentado al proceso de la migración.

Nuestro país, por sus condiciones geográficas no ha sido un país en el que la inmigración sea un fenómeno importante, siendo la regla general que en proporción sean más nuestros compatriotas que salgan al extranjero a estudiar o derechamente a vivir que a la inversa. La Unión, y en general el sur de Chile, es aún menos frecuente por la distancia y las pocas rutas de acceso directo para los extranjeros.

Sin embargo, en los días de Navidad, hemos recibido en nuestra ciudad a los primeros inmigrantes haitianos, quienes, invitados por la Iglesia Asamblea de Dios, han encontrado un refugio frente a los riesgos que significa estar en un país desconocido sin saber siquiera el idioma.

Desde su llegada, han recibido diversas muestras de aprecio y apoyo, el Consejo Juvenil Unionino, Fundación Menoko y muchos particulares, empresas y otras organizaciones han acudido a la llamada de la solidaridad con quienes ven en nuestro país una oportunidad para salir adelante junto a sus familias.

Estos eventos son los que han de mostrar el verdadero rostro de nuestra sociedad unionina, lo nuevo y lo distinto muchas veces, como en este caso, despierta nuestro instinto solidario, no obstante, en otras, revela el frío fenómeno del racismo, la xenofobia y la discriminación que describe una pobreza que va más allá de lo material, sino que apunta a una pobreza de lo humano, la falta de empatía, es decir, la incapacidad de ponerse en el lugar del otro y reconocer como propia la angustia de su condición.

La necesidad actual es estar a la altura, aprender de esta experiencia que en un mundo globalizado será cada vez más frecuente, educar y educarnos, enseñar y aprender forma parte esencial de este proceso de integración cultural, donde podemos dar un paso más en la erradicación de la discriminación, asumiendo la diferencia como un motor de cambio, como una oportunidad de progreso para nuestra realidad.

Hay cuestiones que resolver, es cierto, una política migratoria eficaz, moderna y que proteja los intereses de quienes migran, como de nuestros conciudadanos. Debemos construir una institucionalidad que comprenda los fenómenos de la interculturalidad del siglo XXI, pero mientras eso se resuelve, debemos responder desde la ética individual y nuestra madurez ciudadana.

Esencialmente, construir respeto a la dignidad humana, para evitar abusos como los vistos en comunas vecinas, donde se les cobran altos precios por arriendos, más de lo que pagaría un chileno, por lo que, sin tener opciones se termina en una situación de hacinamiento, con riesgo de incendio para ellos y sus vecinos; o aprovecharse de su necesidad para conseguir trabajadores a sueldos miserables. Decisiones que terminan por esfumar la idea de justicia frente al débil.

Lo que hagamos ahora, respecto a los diez ciudadanos haitianos que nos visitan, será nuestra declaración de voluntad, donde elegiremos el camino de la solidaridad o el del egoísmo. Tengo esperanza en que como unioninos, sabremos escoger bien.