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Por Camilo Gómez
Columnista #NoticiasLosRíos – #MundoCritico

Esta semana, hemos acudido al vergonzoso espectáculo de las primeras apariciones televisivas de los candidatos presidenciales evidenciando, pese a las diferencias ideológicas, programas de gobierno (o esa masa informe de eslógans a los que ellos llaman programas), y equipos de trabajo, un elemento común a todos ellos: un brutal y aterrador nivel de ignorancia.

Si bien el caso paradigmático de lo que se describe fue la participación de Juan José Ossandón en Tolerancia Cero, demostrando la más absoluta carencia de los niveles mínimos de capacidad para ser presidente de nuestro país, no es un elemento exclusivo de este, Beatriz Sánchez hizo lo propio, Felipe Kast y sin ser parte de estos programas y a su manera, lo hicieron Sebastián Piñera y Alejandro Guillier.

Decir, por ejemplo, que a los presos por casos de derechos humanos se les deben quitar las pensiones, es no conocer un derecho fundamental de todos los presos de nuestro país, la garantía de no ser privados de sus derechos previsionales. Del mismo modo, alegar “no ser experto en leyes” siendo Senador de la República, donde tu único trabajo (¡el único!) es conocer las leyes, sobre todo las que votas. O hablar de terrorismo, creyendo que el único elemento de este tipo de crímenes es el terror, sabiendo que bajo esa premisa hasta un lanzazo común y corriente podría ser catalogado de terrorismo porque nadie podría negar que a la señora que le arrancan una cadenita en la calle queda aterrada. La misma falta de rigurosidad que define terrorismo por terror es la que otrora hacía que quemaran libros de cubismo porque creían que hablaban de Cuba.

Tal es la pobreza política de nuestro país que la Nueva Mayoría, dando palos de ciego, hizo el quite a las primarias, gracias a una Democracia Cristiana que delira con las mayorías que tenía antes de los refichajes y que instaló una candidata a quien hasta su jefe de campaña abandonó hace un par de días. En otras palabras, cómo podríamos esperar que estos grupos políticos administren el país cuando son incapaces de administrar un proyecto político con sus “aliados”.

Tras esto, queda claro por qué los candidatos han rehuido permanentemente el debate. Primero porque no quieren exponerse al cuestionamiento de sus ideas (si así las podemos llamar) de campaña y segundo – y lo más grave, por cierto – no dejar en evidencia su más profunda ignorancia sobre casi cada tópico en el que se les pide la opinión.

Ahora, con esto no quiero decir que el presidente de un país deba saber de todo, eso sería un sueño irrealizable – máxime en Chile con nuestras paupérrimas políticas educacionales – pero es por lo menos vergonzoso que el candidato a presidente no sepa nada. Sabemos que los equipos de trabajo incluyen a los expertos que diseñan los programas, pero al menos quien aspira a ser presidente debe tener nociones básicas de economía (para no fundar su propuesta solo en los impuestos), de política criminal (para dejar de vender la mentira de acabar con la delincuencia), y educación (para dejar de pensar el tema desde la pura billetera).

Sabemos que un presidente debe ser carismático, convocar mayorías y dar seguridad, pero esa seguridad no puede ser un maquillaje, debe basarte en conocimiento, experiencia, un nivel ético intachable, trabajo serio y un discursos potente y claro, basado en elementos concretos. Eso es lo que diferencia a presidentes nefastos como Trump, donde triunfó la ignorancia (y eso queda en evidencia tras apenas un par de meses de espantosa gestión) a políticos serios y admirables como Justin Trudeau que destacan no solo por su carisma, sino por las competencias demostradas en su administración.

Así las cosas, no queda sino indignarse frente a un catálogo de candidatos que padecen de analfabetismo político y que abusan de esa condición para insultar a los ciudadanos a los que al parecer consideran aun más ignorantes que ellos, por lo que se pueden venir a reír en la cara de uno declarando cosas como que “usar los dineros obtenidos en paraísos fiscales para comprarse el 15% de Chiloé es un acto de amor por la naturaleza”.

Estoy cansado, y creo no ser el único, agotado de la burla de que cada cuatro años se nos propone de un bestiario de candidatos inexpertos, arrogantes, incultos, populistas o de plano ridículos (no se me acaban los adjetivos podría seguir por horas), que menosprecian de manera permanente a los ciudadanos con su sed de poder, posición y atención, cuando en vez de estar en La Moneda deberían estar cómodamente sentados en la consulta de su terapeuta para tratar sus delirios mesiánicos y dejar de castigar a Chile con su megalomanía, porque la víctima de este pobre espectáculo es un país que teniendo todo para desarrollarse, garantizar derechos sociales y utilidades a los inversionistas por igual, debe permanecer cojeando por la mediocridad de sus líderes.

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